El diario El País hablaba el pasado 27 de Diciembre de una matanza de los cárteles mexicanos de la droga, que desde hace años han asesinado a miles de personas en México. Han constituido un poder paralelo, capaces de reclutar a miles de sicarios a su servicio como el nazismo en su día, que darían la vida por su capo, pero sin auto-inmolarse con tal de vengar al líder si es detenido o juzgado, como hacen los de EI o Al-Qaeda.

En el Estado de Guerrero fue asesinado el Padre Gregorio López, cura que había ido en contra de los cárteles de la zona y que fue secuestrado por sicarios, apareciendo muerto de un tiro en la cabeza.

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Es el tercer cura asesinado en Tierra Caliente, zona controlada por el cártel llamado Los Caballeros Templarios.

Tienen tanto poder allá y tanto temor despiertan que en la Prensa local no se ha informado absolutamente nada del asesinato, ni se mencionan palabras como sicario, narcotráfico ni tampoco los nombres de los componentes del cártel, si leemos la Prensa de Ciudad Altamirano, donde era párroco el Padre López.

La Fiscalía de Guerrero investiga el crimen, y lo único que encuentra es que el Padre López podría haber sido asesinado no por los narcos, sino por un simple robo, ya que llevaba el dinero de la colecta anual del seminario en donde daba clases, según sus feligreses.

Otro cura combativo y que también se llama Gregorio, recuerda que el difunto estaba preocupado por la desaparición de los 43 estudiantes que conmociona a México desde que ocurrió, y que él mismo tiene que dar Misa con un chaleco antibalas puesto.

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Ocho sacerdotes han muerto violentamente por el narco en los dos años que el actual Presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, lleva en el poder. Otros dos están desaparecidos y tres tuvieron la suerte de ser rescatados de sus raptores. Uno de los muertos fue un cura de origen africano, el ugandés John Sseyondo, que daba Misa en Guerrero; un día fue secuestrado por los sicarios y no fue hallado su cuerpo hasta tiempo después, en una fosa común con otros doce cadáveres.

Hasta ahora, los narcos no mataban niños ni curas, ya que muchos son devotos de la Santa Muerte, congregación religiosa. Pero su locura homicida y sus guerras entre cárteles sin piedad ya no entiende de creencias religiosas ni de nada, con tal de conservar el poder y sufrir su paranoia sin límites.

La Conferencia Episcopal mexicana ha protestado por los asesinatos y secuestros de curas, ha organizado manifestaciones en defensa de ellos, pero no han encontrado eco en los insensibles corazones de los capos del narcotráfico, los cuales llegan incluso a condenar a muerte a cantantes de corridos mexicanos que lleguen a dedicar una canción a un capo rival.

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El Gobierno y los poderes públicos mexicanos hacen lo que pueden contra esta plaga, pero la corrupción que azota tanto a alcaldes, Gobernadores estatales o los del poder central, imposibilitan una labor buena de verdad.

Podríamos recordar lo que pasa en Italia con la Mafia y la Camorra, organizaciones criminales cuyos capos son también muy religiosos, no tienen problemas en dar generosos donativos a sus parroquias y que siempre tienen sitio preferente en las Misas a las que asisten. Pero desde que el Papa Francisco decidió ir contra ellos, han montado su particular rebelión contra el Pontífice y contra la Iglesia, negándose a ir a Misa.