Pocos personajes históricos encontraremos que pasen de actitudes consideradas políticamente incorrectas, que cuando llegan a gobernar a sus conciudadanos lo hagan sin hacerlo para los suyos y cuando mueren conservan ese carisma y ese aprecio incluso de gente con ideas contrarias a las suyas.

Ese fue Nelson Mandela, muerto hace un año casi centenario. Alguien que conmovió al mundo con su final. Solo unos pocos se alegraron de que desapareciera, o aún lo siguen considerando terrorista. Poquísimos. Entre ellos está la familia Le Pen, primero el padre, que se indignó de que se recibiera a “Madiba” con honores en el Parlamento Europeo y luego la hija, que lamentaba que se le hicieran tan grandes homenajes al morir, en vez de hacérselos a los que ella consideraba “dignos” para ello. O una legislación que había en EEUU, que hizo que Mandela, aun siendo Presidente democrático, no pudiera visitar el país de Obama al estar en una lista negra terrorista, solo podía visitar la sede de la ONU en Nueva York con permiso especial. Esa Ley fue derogada cuando él ya no ejercía su cargo.

Cuando Mandela fue encarcelado en Sudáfrica en 1963 por el Régimen del apartheid que segregaba razas y condenaba cualquier unión interracial, nunca disminuyó su lucha. Al salir en libertad en 1990, llegó a Presidente cuatro años después y supo unir a gentes de razas en el futuro común del país, en vez de ir en plan Charles Bronson a tomarse la justicia por su mano. Fue uno de los más justos Premio Nobel de la Paz. Y en su memorable funeral del año pasado, el entierro final en su pueblo natal de Qunu fue como él quiso, de una manera absolutamente humilde, sin mausoleos de faraón egipcio ni emperador chino.

Pero su obra se debilita actualmente, no por su culpa, sino por sus “herederos”, que o no tienen el carisma del maestro, ni su habilidad política, algo que ya se vio a partir de los mandatos de sus sucesores. Lo recuerda John Carlin, autor de un libro sobre su vida: “Hoy ya no hay mandatarios como él, que sirvan al país antes que a sus propios intereses”. Cree que el único mandatario que se le parece es el todavía Presidente de Uruguay, José Mújica, que como Mandela pasó muchos años en prisión y siempre ha vivido de manera humilde.

Y también hay que lamentar las peleas entre sus familiares, obsesionados con hacerse con su herencia, algo que él no soportaría. Nos referimos a los descendientes de cada una de sus esposas. Y eso que Mandela legó poco dinero, nunca fue rico. No obstante, el aniversario de su muerte se ha recordado desde rezos colectivos de todas las razas y religiones presentes en el país hasta 6 minutos y 7 segundos de silencio en honor a sus 67 años de Política activa.

Pero como cualquier ser humano, tuvo sus errores y cuando fue Presidente, eso sí, durante sólo una legislatura como prometió, fueron poner a su segunda esposa, Winnie, al frente del partido que lideraba, el Congreso Nacional Africano y no luchar bien contra el SIDA. Pero él los reconoció. Muchos reconocen que el mito Mandela le ha hecho mucho daño a él, pues impide ver los defectos del Mandela ser humano, incluida su amistad con dictadores, pero no importa demasiado. Lo suyo es del todo elogiable, nunca quiso vengarse de sus carceleros, a los cuales algunos aún siguen justificando sus atrocidades.