El jueves pasado, en víspera del anual discurso del presidente ruso ante la Asamblea Federal y pasados 20 años de la primera guerra en Chechenia, su capital vuelve a ser el escenario de la batalla. Un número desconocido de islamistas del grupo "Himarat Caucaso" (unos 10, según las autoridades rusas y unos 400, según los propios rebeldes) han emitido un comunicado dirigido a las autoridades chechenas y con pretexto de la defensa de las mujeres musulmanas, reprimidas y discriminadas en la república, han salido a la calle con armas de fuego. Chechenia, una vez más, recordó que la paz, que se mantiene a fuerza, es falsa y demasiado frágil para ser duradera.

El presidente de Chechenia Ramzan Kadyrov, el fiel vasallo de Vladimir Putin, tuvo la madrugada complicada. A mediodía tenía que estar presente en Moscú escuchando el discurso de su soberano. La ausencia era imperdonable. Por lo tanto, su reacción ha sido momentánea y brutal. En cuestión de horas se proclamó el régimen de la operación antiterrorista, se desplegaron las fuerzas antidisturbios y militares, y las unidades del ejército federal no tardaron en entrar en la ciudad. Las calles de Grozny se estremecieron bajo los disparos de la artillería pesada. El rebelión ha sido aplastado, con pérdidas humanas y aplausos desde Moscú. Para culminar, Kadyrov ha proclamado que las familias de los rebeldes serán expulsadas del país y sus propiedades serán destruidas.

La ola de mensajes de indignación, rabia y apoyo al pueblo checheno en su lucha por la independencia, que subió en las redes sociales, demostró que la herida sigue abierta, que la política represiva y dictatorial de Kremlin y su propaganda no llevan a más que tapar la realidad y convertir la región en un volcán, aparentemente durmiente, pero en las profundidades del cual la lava ardiente crece y sube. Y el último suceso lo demostró. Los rebeldes murieron, y sabían que van a morir, pero sólo el hecho de que su acto ha sido posible en el país blindado por el ejército ruso ha demostrado que la guerra no se acabó.

Y las paralelas con la actual situación en Ucrania son inevitables e incitan a aclarar la posición de Rusia (léase Putin) que se encontró entre dos fuegos e hizo más que evidente sus dobles estándares. Si Rusia activamente apoya a los separatistas del este de Ucrania, llamándoles "luchadores por la libertad contra la Junta de Kiev", suministrándoles armas y fomentando la guerra, ¿por qué a los separatistas de Chechenia les llama "terroristas" y les dispara sin pudor? ¿Por qué los militares rusos fallidos en Ucrania se entierran a escondites en las tumbas anónimas y los fallecidos en el combate en Grozny están proclamados héroes y con la compensación millonaria a sus familias? ¿Por qué se apoya el separatismo en Ucrania cuando en Rusia se condena?

A Putin le gusta jugar con fuego pero, por lo visto, se puso una bomba de reloj a sí mismo. Aparte de Chechenia tiene más puntos de conflicto congelados en el Cáucaso de norte. Y en las propias regiones rusas, en Ural y Siberia, empiezan a brotar los movimientos independentistas. Y quién sabe si los últimos disparos en Grozny no han sido la primera señal de que los pronósticos de la pronta segmentación y derrota del imperio ruso son reales.