Tres de enero del año 1933. En un pintoresco pueblito de los Apeninos italianos: Roio del Sangro, situado al pie del bloque montañoso La Maiella, nace Iolando Marcotulio. La fecha coincide con la del natalicio del elocuente senador romano Marco Tulio Cicerón en el año 106 a.d.C.

Con un bagaje de esperanzas y en los ojos impresos indeleblemente imágenes de lo que él llama “paese mío”, inicia su periplo. Es Roma, la eterna, la que ve sus inicios como lavaplatos en un oficio donde finalmente descubrirá vocación y desarrollo empresarial. En la Scuderia Villa Madama es donde tiene la oportunidad de tener por maestro al gran Angelo More, famosísimo chef quien cocinó para personajes tan famosos para la época como, Tyrone Power y Linda Christian (fue el chef de la celebración religiosa de la boda de estos actores).

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También allí es donde desfilan, creando un retablo de imágenes imborrables; Anna Magnani, Ingrid Bergman, Salvador Dalí, Orson Welles, Clark Gable, entre otros colosos de las artes y del espectáculo.

En Treviso, norte de Italia, en Villa Maser, trabaja para la condesa Marina Volpi de Misurata, época que Iolando siempre recordó con mucha nostalgia. Siguen años de solidificación profesional: la Embajada Británica en Bruselas, donde coincide con otro destacado paisano suyo, Eduardo Coletta, apodado Il Baroncino, presta servicios en los fogones del Palacio Real para el Rey Balduino I. En París recibe una referencia personal, de puño y letra, expedida por la Duquesa de Tayllerand. Descubre Venecia y es prácticamente una maestría el paso del joven Marcotulio por el Palazzo Labba.

Es de destacar el pequeño pueblo Roio del Sangro, en el corazón del Abruzzo, por ser fructífera cantera de grandes cocineros esparcidos por todo el globo.

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Chefs de la aristocracia y de las artes, apellidos como: De Lucía, Coletta, Colacurta, Liberatore, Ramondelli, Di Carlo, Fornari (este último compañero de labores de Iolando Marcotulio) y muchos otros que escapan a la memoria. Fino artesanado gastronómico que, por alguna ignota y remota razón, encontró en este pueblo la coyuntura adecuada para el cultivo de tantos embajadores del buen gusto, que en benigna diáspora regaron con #talento muchas latitudes.

Año 1957. Coloca en una maleta sus posesiones y en un bolsillo todos sus sueños. Zarpa un cansado barco desde la bahía de Génova, quince días de navegación, algunos puertos fugaces y, finalmente, Venezuela. Lo primero que impacta al llegar a La Guaira es el cerro solemne. Aquí se cierra un ciclo, parodiando a Edmundo De Amicis: “De los Apeninos al Ávila”, y se abre el futuro que, para beneplácito de todos los que gustan de las cosas buenas, brindará décadas de satisfacciones.

Cuarenta años de ardua labor, incansable se labra la leyenda de este coloso de la gastronomía.

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En el Franco, de la avenida Solano, no hubo personaje, nacional o internacional, que no haya compartido de sus fogones. Su última creación, Spadavecchia, en los predios de Las Mercedes, revolucionó todos los parámetros de la #bonhomía culinaria.

Los últimos años de su vida, en el resumen de un camino productivo, no exento de dificultades, de Iolando Marcotulio podemos decir que el trabajo ha sido el norte franco que indicó un camino iniciado en aquel “paese mío” y que, en cada recodo del camino quedaron improntas de un ser humano extraordinario. #grancheff