En mayo de 1945 no había una maldición mayor que ser mujer en el Berlín recién ocupado por el Ejército Rojo. Si perder la guerra y sobrevivir en una ciudad devastada por los bombardeos no era suficiente castigo, las mujeres alemanas vivieron su particular calvario con los excesos de los soldados soviéticos. Saqueos y violaciones eran la tarjeta de presentación con la que llegaban muchos de los ocupantes.

Dos días después del suicidio de Hitler, el 2 de mayo los rusos habían rendido la ciudad y tomado los edificios principales. El avance soviético había empujado a la Wehrtmacht hasta la mismísima capital del Tercer Reich y, aunque el epílogo a la Segunda Guerra Mundial era cuestión de días, la barbarie aún se prolongaría más de un mes por las calles de Berlín.

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En busca de un refugio seguro

La comida y el agua escaseaban, pero era tal el miedo al invasor que la prioridad para muchos era encontrar un refugio seguro. En ese difícil equilibrio y cuando el hambre era ya insoportable, no quedaba otra que salir a la superficie en busca de algo que llevarse a la boca. Entonces era imposible no cruzarse con un 'ruski', a menudo sediento de algo más que de vodka. Ebrios o no, la mayoría atacaba a las alemanas para satisfacer sus más bajos instintos. Muy pronto las violaciones en masa se convirtieron en parte del paisaje en ruinas de Berlín.

Las cifras son escalofriantes: 100.000 berlinesas fueron violadas. Después de aquello muchas callaron para siempre -por vergüenza o como terapia para olvidar-. Las hubo que no resistieron ese infierno y eligieron el suicidio, unas 10.000.

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Claro que no todas siguieron ese camino. Una joven berlinesa plasmó bajo anonimato en "Una mujer en Berlín" la cruz que cargó durante esos días de venganza desatada. "Mejor un ruso en la barriga que un americano en la cabeza", dejó escrito. Se refería, claro, a los bombardeos aéreos aliados que proliferaron en los últimos meses de la guerra.

Mejor que ellas no respondan al teléfono

Muchas jóvenes alemanas, resignadas, no tuvieron más opción que enfrentarse a la cruda realidad que se les venía encima. Por eso algunas aceptaron a cambio de protección o comida. Los soldados de la URSS no tuvieron piedad ni siquiera con las menores de edad, por eso era frecuente ver a las madres explicándoles a toda prisa a sus hijas lo que habrían deseado hacer en otras circunstancias.

En una ciudad en ruinas en la que se combatía casa por casa como si fuera una reedición primaveral de la batalla de Stalingrado, era muy complicado saber el lugar exacto en el que estaba el enemigo. A veces la solución era tan primaria como marcar un número de teléfono al azar para escuchar el idioma en el que contestaban. Las mujeres, por si acaso, evitaban coger el teléfono. #Unión Europea