En el actual estado de la política, cualquier motivo es bueno para que nazca una polémica, en este caso sobre el histórico marino Blas de Lezo. El nacionalismo catalán ha denunciado por medio de Joan Laporta (Democracia Catalana) y Jordi Portabella (ERC), los cuales pidieron al consistorio de Madrid que no siga en pie la estatua de Blas de Lezo.

El marino vasco fue un militar que realizó múltiples gestas militares y la estatua se hizo por iniciativa popular como un reconocimiento a sus logros, como el que se realizó en Cartagena de Indias (hoy Colombia) donde resistió la afrenta ante el ejército inglés en inferioridad manifiesta.

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Los datos lo dicen todo, el ejército español contaba con 6000 hombres mientras el ingles 23.600 y, en cuanto al poderío bélico, también se encontraba en neta inferioridad, 990 cañones frente a más de 3.000. Defensa majestuosa y que sería digna de una película de Hollywood.

En esta España que vivimos, es un delito reconocer a un marino y es motivo de disputa, en base a que según el nacionalismo catalán, Blas estuvo como militar en sus inicios en el asedio a Barcelona de 1714, como capitán de uno de los barcos, en una guerra entre partidarios del Archiduque de Austria (Barcelona) y los leales al Rey Felipe V.

Sinceramente, ¿a quién le importa eso en el año 2014? Pues parece ser que al nacionalismo catalán que modela la historia a su gusto. La respuesta de la alcaldesa Botella ha sido la debida, no se retirará la estatua de un marino que demostró su valía y que nada tiene que ver contra la libertad, el idioma o la cultura catalana.

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Podríamos ahora demoler todos los restos romanos que dejaron los invasores en España y de los que por ejemplo se beneficia turísticamente la catalana Tarragona o quizás la Alhambra de Granada o la Mezquita de Córdoba, símbolos de la opresión árabe por la que murieron muchos ciudadanos de la península ibérica. Los países que ya no son monárquicos deberían demoler todas las estatuas a reyes, los palacios y cualquier resto de esos regímenes que ya no les representan pero no lo hacen, tampoco Rusia ha tirado abajo todo lo que recuerda al comunismo.

Son recuerdos de la historia que buena o mala hay que defenderla, máxime en casos como en el de Blas de Lezo, un personaje que nada tiene que ver con la luchas del nacionalismo catalán. A veces los políticos dejan sin palabras dedicándose a polémicas, en lugar de tomar medidas que bajen las tasas de paro o crear armas que protejan a los ciudadanos contra los desahucios. El problema no es Blas de Lezo, el problema es que le toman como excusa para huir de los problemas que crean ellos mismos.