La noticia del robo (y devolución) de una antigua escultura milenaria de Pompeya que ha salido a la luz en los últimos días pone de manifiesto la propia esencia de la condición humana. La protagonista de tal historia fue Lisa Carducci, una ciudadana canadiense que había pasado su luna de miel en Italia. Corría el año 1964 y Lisa sólo tenía unos veinte años. Ya fuera por las hormonas de una juventud rebelde o por la emoción de su semana de bodas, Lisa no pensó mejor forma de celebrarlo que llevarse un pedacito (literalmente) de su tierra de ascendencia. Como ella mismo reconoció, no le resultó difícil llevársela, debido a que los controles de seguridad eran muy escasos y a que la pieza, de unos 300 gramos, cabía perfectamente en la palma de su mano.

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Pero los años pasaron y parece que Lisa acabó arrepintiéndose de su acción. Aunque, entremedio, tuvieron que pasar unos cuantos años, nada menos que cincuenta. Lisa, ahora viuda y de unos setenta años de edad, aduce que "su mala conciencia no le permitía dormir". De hecho, la propia Lisa había intentado ir en el año 2001 expresamente a Italia para dejar la pieza en el mismo sitio, aunque sin comunicárselo a las autoridades.

Leído esto me paro y pienso que la acción de Lisa refleja lo que es la propia condición humana a lo largo de la vida. Al egoísmo individual de nuestros años mozos le sigue un aumento constante de nuestros niveles de responsabilidad y compromiso social. Esto en parte gracias a que, con los años, nos paramos a escuchar más a nuestra conciencia, esa vocecita interior que no para de molestarnos si hacemos algo mal.

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Sin embargo, leyendo más en profundidad la noticia en medios internacionales, veo que la acción de Lisa tiene más que ver con el propio interés que con la responsabilidad social. Las autoridades afirman que resultan relativamente habituales que muchos ex-turistas acaben devolviendo piezas robadas. Y eso es bueno. Sin embargo, la mayoría de ellos lo hacen, según las autoridades napolitanas, por motivos supersticiosos ya que asocian episodios de mala suerte y/o desgracias personales a la posesión de estas piezas materiales. En ese momento recapacito y pienso qué pasaría si los bienes no fueran materiales y si nuestra supuesta buena conciencia social es sólo una forma de egoísmo encubierto. #Corrupción