Según De la Corte, Blanco y Sabucedo, el fatalismo representa una actitud de alta conveniencia para el gobierno y los aspirantes a gobernar a la hora de reforzar la inmovilidad política y, por ende, el mantenimiento del status quo. El fatalismo se define con la presencia de factores muy concretos que serían: 1º conformismo y sumisión. "Este país ya no tiene remedio", "se están cargando el estado de derecho y tienen la ley en sus manos", son expresiones muy repetidas en las "charlas de café" que evidencian la derrota y la resignación de los ciudadanos al no ver signos de cambio a corto o mediano plazo.

El español medio actual es un ser reposado.

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No pide demasiado; pide algo, solo un poco. Acepta lo que tiene y trata de disfrutar lo mejor que pueda. 2º La tendencia a no realizar esfuerzos y ser apáticos. La clase política y los poderes económicos convencieron a la población de que el voto es la herramienta de poder a través de la cual el ciudadano ejerce su soberanía para elegir el gobierno que desea y crea merecer, y los ciudadanos aprendieron la lección a pies juntillas.

El español promedio concibe la Constitución de 1978 exactamente como les dijeron que debían de percibirla, una especie de ley sagrada a la que los sumos sacerdotes, el Tribunal Constitucional, por ejemplo, cuyo presidente debe su nombramiento y obediencia al titular del Poder Ejecutivo - aunque en teoría, su obediencia la debe al pueblo soberano y en ninguna democracia, el presidente de gobierno contiene tal soberanía, ni siquiera el Rey -, al igual que casi todos los jueces que integran el poder judicial y ostentan algún cargo de influencia, podían modificar sin condición alguna, pero que ningún ciudadano o grupo de personas "comunes" podría aspirar siquiera a plantear cambiar una sola "coma".

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"Es lo que hay", dicen, "lo dice la constitución", responden a los catalanes que reclaman su derecho a elegir no contemplado en la Carta Magna a la que la mayoría considera una especie de ley divina. "No me interesa la política", soy "apolítico", "detesto la política", son las frases que demuestran, para beneplácito de los partidos, instituciones públicas y gobierno, la apatía total del ciudadano que prefiere resoplar y hacer caras de asco antes que comprometerse con lo que le afecta en su vida diaria, como los impuestos, los recortes salariales, la desaparición de prestaciones, la merma en la calidad educativa y la desaparición de empleos dignos con contratos justos y estables.

El "presentismo". Esto último se refiere a la frágil memoria colectiva de la sociedad que no mantiene activos los datos con antigüedad, ni a medianía. De lo contrario, hubiese sido posible una reflexión profunda al momento de votar por el partido popular en el 2011. La memoria no retráctil de la población consiguió que el voto se convirtiera en un instrumento de "venganza" para castigar al partido que gobernaba en ese momento en vez de traer a la memoria la gestión del Partido Popular bajo el liderazgo de José María Aznar.

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El fatalismo sería igualmente, una postura colectiva que vendría acompañada del convencimiento de que todo va a seguir igual.

Una vez verificado el fatalismo la misión central de los organismos socio políticos tendría que ser impulsar aquello que Paulo Freire llamaba "concientización" y el "empoderamiento" (Según Baró), el cual consiste en devolver a los ciudadanos la confianza de que sus acciones pueden transformar la realidad social. No se trata de inventar el hilo negro, son acciones existentes y comunes en otras sociedades, como crear e implementar iniciativas concretas para escuchar la voz de todos los ciudadanos mediante procesos consultivos más democráticos, cosa que no sucede, por supuesto, y para muestra, un botón en el movimiento independentista catalán en espera de que se reconozca la importancia y legitimidad de su reivindicación.

La Indefensión Aprendida es una conducta que puede ser erradicada. Es posible desandar el camino hacia la "auto inculpación" y acabar definitivamente con la fatalidad y la resignación. Siendo conscientes de que un gobierno opresor y una clase política déspota y prepotente cuentan justamente con una conducta agachona y estática, se puede comenzar a borrar de nuestras cabezas el condicionamiento. Rechazar el mensaje implícito reiterado por los medios de comunicación en el que "nos cuentan" lo que hacen nuestros políticos, la impunidad reinante sin que la población tenga manera de cambiar las cosas

Hemos de escribir nuestra propia versión de los hechos desde la convicción de que si hay formas, métodos a nuestro alcance para transformar nuestra realidad, y en vez de gritar libertad, crearla, forjarla desde la verdadera democracia en la que sí somos dueños de nuestro destino como sociedad. No somos quienes han causado las crisis y la corrupción, pero si asumimos que la hemos consentido nos hacemos partícipes de las consecuencias y por lo mismo, capaces de transformarla, no solo diciendo basta, sino actuando en concordancia con la sociedad que queremos y merecemos.