Algunas izquierdas radicalizadas y autocráticas, algunas socialdemocracias, y las más de las derechas, de muchas y no siempre evidentes formas, han privatizado en algún momento hasta el capital principal que tiene la humanidad: la libertad individual.

Los partidos políticos y en particular las grandes corporaciones de los que ellos al final dependen, nos "gobiernan", en el sentido más amplio del término haciéndonos pasar por el ojo de una aguja, y no meramente en el ámbito electoral, sino en el vital en sentido amplio. Para ello nos dan a catar un repertorio vergonzosamente limitado de posibilidades, muy sopesadas y estudiadas, y luego, nos fuerzan a elegir entre ellas con pocos grados de holgura, como si ese estricto panorama supusiera todo el universo que se nos es dado abarcar.

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Por si fuera poco, una vez habituados y luego conformados a la estrechez de este paisaje incompleto (repito, no sólo político, sino social, cultural y humano), se nos conduce de modo sutil e inadvertido hacia aquellas situaciones que más favorecen a los estamentos dominantes. Nos hacen, al fin, converger como borregos hacia un establo donde ya ni siquiera conservamos la capacidad de preguntarnos qué diablos hacemos allí: En una situación extrema se llega incluso a anular la básica conciencia política de clase, grupo, o individuo.

Las libertades de los pueblos han sido recortadas muchas veces en la historia; y lo han sido por dirigentes que se han arrogado el derecho a disponer del destino de los individuos. Cualquiera en una posición de suficiente poder para favorecer un conflicto armado puede de hecho manipular la determinación individual y coartar la libertad, por ejemplo.

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Otro patrón de libro es la dictadura del proletariado. Está bien solo como metáfora, pues quien dicta en realidad no es precisamente el proletario, algo que se entiende con sólo mirar por encima la historia de los últimos dos siglos. El hecho es que se considera al ser humano un simple peón, pues eso significa "proletario", un prescindible elemento procreador en la sociedad, reemplazable por otro, un individuo que necesariamente habrá de someterse a algún tipo de régimen de control en el seno del hormiguero. Karl Marx usó la acepción en el Manifiesto Comunista para definir a estas piezas móviles de una maquinaria productiva perpetua: los proletarii, individuos desposeídos y puestos a procrear para nutrir de hombres al ejército de Roma.

Otro ejemplo es la "dictadura de los mercados": los mercados no pueden dictar nada; no son un ente pensante, aunque se les pueda modelizar casi como un organismo vivo. Esto se debe en parte a la desconexión estructural existente, puesto que la economía basada en dinero y en concentración de poder, no en los recursos disponibles, obra a un nivel diferente al que habita la gente de a pie, que paga impuestos, consume, trabaja y produce.

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Por lo demás, salta a la vista que los mercados no son tan gobernables una vez se les deja libres, por lo que tampoco escapan de su propia tiranía. Las tiranías son "autófagas", es decir, acaban consumiéndose a sí mismas.

En suma, para aumentar la prosperidad del sistema, él mismo se perpetúa podando paciente o bruscamente las libertades de los individuos; pero los individuos que a fin de cuentas ocupan la cúspide dirigente (pues en todo sistema, de la ideología que sea, los hay) son también esclavos de su propia concepción del aparato, y en absoluto libres. La libertad, en definitiva, no es una cualidad necesaria para la existencia de una sociedad, y hay quien, como Lenin, ha decidido que hasta puede ser contraproducente: "¡Libertad! ¿Para qué?", fue la respuesta que recibió del revolucionario bolchevique el ideólogo socialista español Fernando de los Ríos, durante una entrevista en 1920(*). Debería escudriñarse la legitimidad del alarmante discurso de líderes y gurús políticos advenidos que hagan ostentación de máximas de cabecera como la de Vladímir Ilich Uliánov. Con paciencia y mesura. Pero también hay que atender a lo que calla el discurso de los que, en la derecha más rancia, prefieren no pronunciar la palabra libertad por no parecer en exceso falaces y populistas para acto seguido desdecirse con sus actos.


(*) José Ruiz-Castillo Basala. 1972. El apasionante mundo del libro. Memorias de un editor. Agrupación Nacional del Comercio del Libro, Madrid. #Podemos