En medio de la calle, gritando de angustia, pidiendo socorro que nunca llega, mirando a todas partes, sin encontrar una salida, ni tampoco una solución digna, dejando las cosas como están, dejando tus manos vacías, en la tormenta que cae arriesgándose con la lluvia.

Rayos y truenos que desvarían, formando un reguero que circula velozmente sin apenas detenerse, iluminando la calle con esa luz tan tormentosa, que ni siquiera llega a ser blanca como la nieve, se encienden todas las esquinas, por allí por donde discurre la batalla, de los cielos, que se encuentran hoy en pie de guerra, sin prestarle mucha atención a lo que sucede.

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Ni siquiera puedes darle un nombre demasiado veraz, atraviesas las encrucijadas, los laberintos que se suceden, demasiado arriesgado, otra vez será, los pensamientos se quedan anclados en esa nube negra, que divisan tus ojos negros, hacia un cielo encapotado a punto de estallar.

Te tomas las cosas con algo más de alegría, sin saber lo que puede ser de ti, el día de mañana, aunque en este invierno especialmente lluvioso, cabalgues hacia la nada, más preocupado que otra cosa, y te des cuenta, que el camino que tienes por delante, para recorrer con paciencia, se encuentra a mil leguas de distancia, y ni siquiera estás por la labor de hacer caso a las indicaciones, que aún así, intentas seguir a toda costa, para salvar los peligros que siempre acechan, como una alimaña que se encuentra en su madriguera.

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La cueva que acabas de descubrir para encerrarte en ella, y no salir nunca más a la luz, entrever lo que puede ocurrirte de aquí a nada, poner tus manos en posición, bien extendidas, para recoger todo el agua que puedas, y saltar felizmente cuando de nuevo el rayo de la tormenta caía sobre ti.

Mientras no sea encima de tu cabeza, qué más da, bueno ni encima de tu cabeza, ni encima de la de nadie, por qué un rayo tan poderoso puede hacerte demasiado daño, como para levantarte de nuevo, y seguir tu camino sin que hubiera ocurrido nada. Tan sencillo como cerrar los ojos, y encontrarte de repente con las sombras de la noche, sin saber nada de nadie, seguir tu camino sin otras sospechas, que las que puedes imaginarte, las metas que te propones conseguir, y se encuentran tan lejanas, tranquilo, demasiado tranquilo, me encuentro para no hacer caso del ruido impetuoso, que decididamente ha sobrevolado por encima de mí, queriendo correr hacia la casa, sin hacerle caso a las palabras de nadie.

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Pero es mejor tomárselo con calma, por qué en cualquier descuido, la fuerza del rayo, puede desviarse y alcanzarte de lleno, hasta dejarte maltrecho, herido, y roto por las circunstancias, que te lo tienen dicho tus padres, y tus abuelos, cuando llega la tormenta, es mejor estarse quieto, en algún lugar protegido de la lluvia que amenaza con dejarnos empapados hasta los huesos.

Después de todo, uno no muere por nada, por una simple sospecha de desastre, si acaso las cosas no te salen como habías planeado, aunque tus planes ya sabes de sobra cuáles son, hacer todo lo que más puedas, hincar el diente a un buen trozo de carne asada, buscar la manera de continuar en la senda, aunque sea desastrosa, y los baches comiencen a aparecer en todo lo que haces. Algún día llegara la calma tan ansiada, la paz que de lejos miran tus ojos, aunque en la cercanía solamente encuentras dificultades, demasiados escalones todavía por ascender, hasta llegar al techo de lo que siempre has querido. Tus deseos, y los anhelos que persigues de madrugada, hasta alcanzarlos con las manos, que son las tuyas y las de nadie más, hasta encontrarte satisfecho, huido, desaparecido en combate te encuentras, en una cueva provista de todo, y el resplandor de los rayos en la tormenta, que iluminan su entrada.