Hace muchos años era así. Cuando se pretendía aumentar la productividad entre los empleados, los jefes se daban paseos entre sus subordinados, plantándose detrás de ellos, observando su manera de desarrollar su #Trabajo, intentando encontrar la forma de hacer que esa persona fuera más productiva. Lo que se conseguía con eso era que los nervios se adueñaran de la situación y las cosas no salieran de la mejor manera posible, pudiendo de esa forma decir el jefe en cuestión que sus empleados no estaban trabajando como debían, imponiendo nuevos sistemas de trabajo o, simplemente, sacando el látigo y aumentando el ritmo de trabajo. Era lo habitual, y según ellos, la única manera de hacer que dejaran de "perrear" y se pusieran a trabajar como debían.

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En las generaciones de nuestros padres y abuelos es posible que sí, porque ya se habían encargado de que la educación estuviera a un nivel ridículo, dejando a la gran mayoría de la población con estudios por debajo de lo que se consideraría básico, y muchos de ellos incluso en un analfabetismo absoluto. Y ahí radicaba su poder. Sabían que, si los despedían, al carecer de estudios, les iba a costar volver a encontrar un puesto de trabajo, aunque fuera como el que tenían en ese momento, mal pagado casi siempre. Y era la fuerza del empresario, que se valía de los capataces, encargados y demás jefecillos para hacer que el miedo sobrevolara sus cabezas.

Pero eso no funciona hoy. Hoy el porcentaje de analfabetismo es mínimo, casi inexistente, aunque el nivel de educación tampoco es que brille en exceso, pero casi todos los ciudadanos tiene unos estudios básicos acreditados.

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Y hay una gran parte que los tienen a niveles universitarios, e incluso con varias carreras a sus espaldas. El problema es distinto, el miedo podría justificarse por tener un mercado laboral prácticamente nulo, con muy pocas alternativas. Pero lo de tirar de látigo hoy no tiene el mismo resultado, porque la gente piensa, sabe cómo responder, cómo contrarrestar esos intentos de volver a la semi-esclavitud del siglo pasado, y los trabajadores tienen "armas" que antes no existían: los sindicatos, el estatuto de los trabajadores, los convenios colectivos, etc. Posiblemente haya cosas que no funcionen bien, especialmente a nivel sindical, pero en algunos casos son de mucha utilidad, y apoyan al trabajador.

Es por eso que este tipo de señores que ocupan cargos de mediana importancia deberían de actualizarse, cambiar sus sistemas para intentar aumentar la productividad, que no pasan por amedrentar al trabajador, sino más bien por implicarlo, darle alicientes que le animen a encontrarse más a gusto en su puesto y, voluntariamente, rinda más consiguiendo con ello una mejora en su estatus personal, sintiéndose valorado por su jefatura.

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Todo lo que sea imponer por la fuerza es sinónimo de fracaso, porque la gente no es tonta, conoce infinidad de fallos intrínsecos en sus lugares de trabajo, y que pueden romperse en cualquier momento sin hacer nada que se considere fuera de la legalidad. Las empresas deberían de gastar un poco más en cursos de coaching entre sus directivos y puestos intermedios, porque ganarían mucha más productividad con una pequeña inversión en reordenar sus mentes para que todos, ellos incluidos, sean más eficientes. Volver a lo que funcionaba hace 100 años es un atraso que sólo lleva a un fiasco estrepitoso e irremediable. Ténganlo en cuenta, señores empresarios... #Crisis