Ante el panorama bélico al que nos tiene acostumbrado este mundo, en el que cada día mueren injustamente justos por pecadores, esta humilde mano que escribe recurre a los Antiguos para tratar de arrojar algo de luz ante tanta atrocidad. Pues es la paz entre naciones, un deseo común de todos y cada uno de los seres que habitan el planeta azul.

Aristóteles escribió a cerca de la riqueza en su tratado de la política, en cuyo ensayo se habla a cerca de poner límites a la propia riqueza en estos términos: Por eso, no debe ser tan grande (la riqueza) que los vecinos más potentes la codicien y los que la poseen no puedan rechazar a los atacantes, ni tan escasa que no permita soportar una guerra con un igual o semejante.

Anuncios
Anuncios

Es observable como países en guerra ricos en suministros naturales sucumben a la codicia de países potentes, que lejos de atender intereses ajenos mueven sus cartas en pos del beneficio último. Léase, el capital.

La acumulación de bienes en un país por parte de pocas personas, sería lícita en el caso poco común de que sus habitantes no tuviesen que hacer frente a envites bélicos de otras naciones. En política de guerrillas en la mesa de negociaciones, y puesto que el capital manda por encima de la ética, deberían sentarse funcionarios de la hacienda de los países en conflicto. Éstos y no los estrategas políticos determinarían hasta qué punto es rentable un asedio.

Cuentan que en la antigua Grecia Eubulo, en la ocasión en la que Autofradates iba a asediar Atarnes, le invitó a que, meditando en cuanto tiempo conquistaría el terreno, hiciera un cálculo de sus gastos durante ese tiempo.

Anuncios

Pues estaba dispuesto a dejarle Atarnes si le pagaba una cantidad menor. Su proposición hizo que Autofrádates reflexionara y abandonara el asedio.

Siguiendo un razonamiento que posiblemente mueva a este mundo, que consiste en el que los que más tienen más quieren, no sería de extrañar que en algún rincón del mundo nazca el científico-político que consiga demostrar la teoría de la no rentabilidad de una guerra, contraria a la opinión de muchos que buscan pretextos políticos o nacionales para hacer de la guerra un instrumento que al parecer, y digo sólo al parecer, hace las delicias de los partícipes del no arte de la usura.