El número de parados en España es inmenso, por más que se esté hablando de recuperación. De hecho, aunque fuera cierto que estuviéramos experimentando dicha recuperación, que no lo es, si no cambian nuestra política laboral y económica ni nuestros conceptos de #Trabajo, de qué actividades son una profesión y de nuestras relaciones laborales, entonces el problema del paro no se solucionará. En el mejor de los casos, habrá un leve descenso, tan leve que hará que el problema siga siendo acuciante.

Hasta ahora la situación se ha descrito en términos de un paciente enfermo al que se le trata con recetas económicas tradicionales.

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Esta es la metáfora utilizada por los políticos en general. Sus "recetas" consisten en seguir los dogmas de la economía liberal: facilitar la contratación de trabajadores o, dicho en román paladino, inclinar la balanza de las relaciones laborales a favor del empresario y en detrimento del trabajador, mediante modificaciones de la legislación laboral.

A mí, tratar así el problema me parece análogo a lo que ocurría en Europa a mediados del siglo XIV: la epidemia de peste negra llegó en 1347. La gente enfermaba y moría y los médicos no sabían que hacer. Estos no se parecían en nada a nuestros médicos, "solucionaban" los problemas de salud mediante magia, charlatanería, astrología y religión, de ahí las altas tasas de mortalidad de aquellos días. Eran una especie de chamanes, aunque se llamaban a sí mismos "galenos".

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Con el problema laboral en España ocurre igual: nuestros políticos aplican remedios anquilosados en el pasado, una especie de chamanismo político y económico. Sí, nuestros políticos son chamanes. Sin embargo, el chamanismo solo sirve para curar enfermedades imaginarias.

Hasta aquí nuestra metáfora. Ahora hablemos del mercado laboral español. Durante unos años se experimentó una drástica reducción del desempleo. Durante el periodo de José María Aznar, se promovió el sector de la construcción, de manera sumamente artificial, esto es, no porque hubiera una demanda real de viviendas, cocheras, naves industriales y locales comerciales, sino porque se incentivó su construcción y se facilitó el acceso a la vivienda, todo ello mediante artificios legales, los cuales permitían especular con el suelo urbanizable y acceder a préstamos hipotecarios a personas insolventes. Así se creó la burbuja inmobiliaria.

Estos artificios se mantuvieron durante el periodo de Rodríguez Zapatero, porque eran muy cómodos para él y su equipo, hasta que reventó la burbuja y el desempleo se convirtió, nuevamente, en nuestro principal problema endémico.

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Pero el problema importante, uno de los que ahora más nos maltrata y al que no se le da solución, siempre permaneció bajo la superficie: durante aquellos maravillosos años del boom de la construcción, el mercado laboral español, y el sistema económico que lo sustenta, permanecieron inalterados, congelados en el tiempo, mientras que el mundo avanzó, cambió, se movió.

Sí, la economía del ladrillo mantuvo nuestro mercado laboral congelado, pero de forma subversiva, sin que nos diéramos cuenta, fue naciendo uno nuevo, bajo la sombra de las grandes obras que crecían como setas por todo el país. La explosión de la burbuja inmobiliaria fue el equivalente a desenchufar la máquina que mantiene artificialmente vivo a un cuerpo definitivamente muerto.

Sin embargo, nuestros gobiernos se han empeñado en intentar resucitar a este muerto, como brujos que utilizan magia vudú para crear un zombi. Nuestros políticos ni entienden ni quieren entender lo que ha pasado. Y no lo hacen porque les interesa no hacerlo.

Ahora nos encontramos, en primer lugar, con un tejido empresarial que se había montado al boom del ladrillo y que se ha arruinado de forma masiva, formado, masivamente, por pymes, micropymes y autónomos. Los emprendedores no tienen dinero ni financiación para emprender nuevos negocios en este nuevo mundo.

En segundo lugar, hay una serie de sectores que pueden generar riqueza de forma sostenible en los que no se ha invertido, tales como las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información o el empleo verde (recuperación de bosques, mantenimiento para prevenir incendios, limpieza de espacios naturales, etc.).

En tercer lugar, hay un mercado laboral emergente, virtual y en el que han surgido nuevas relaciones laborales, las cuales no están reguladas, con los consiguientes abusos para los trabajadores online. Estas están basadas en el autoempleo, opción que en España en desastrosa, sobre todo para los autoempleados.

En cuarto lugar, los avances tecnológicos en el campo de la robótica, han hecho que mucha mano de obra humana se haya convertido en cara e inútil. Esta queda cada vez más relegada a hacer aquello que una máquina no puede hacer, como evaluar proyectos o crear videojuegos. A esto va un unido, por un lado, un sistema educativo que prepara a los jóvenes para ejercer profesiones que se están extinguiendo o que se extinguirán en los próximos años, sin formar para las nuevas profesiones que están emergiendo. Por otro, una política social y laboral de la época industrial, basada en largas jornadas laborales y en prestaciones escasas para los desempleados.

Finalmente, un grupo de grandes empresas, que ejercen una gran presión, tanto sobre nuestros gobiernos como sobre los la mayoría de países, las cuales se ven beneficiadas por esta situación o que perciben que una adaptación global al nuevo entorno económico y laboral sería perjudicial para sus intereses.