La política se basa en la sensación continua de que es la solución a los problemas de un mundo que hace mucho que está más allá de nuestras posibilidades de sobrevivir solos. Para que nadie nos mate, robe o viole (recordad, todos y cada uno de las personas que te rodean viven únicamente para tu destrucción) tenemos que entregar parte de nuestro dinero y callar ante los abusos de sus representantes entre nosotros.

Parte de esta política que nos protege de la masacre de proporciones bíblicas que se produciría de no estar el gobierno para evitarlo es la vertiente económica, como ya antes dije. En esencia consiste en entregarle a un grupo de personas un porcentaje de nuestra riqueza total obtenida a lo largo de un año, de manera no voluntaria y con amenazas coercitivas implícitas, además de permitir que se tomen decisiones sobre nuestras vidas que incluyen nuestra capacidad real de obtener empleo en determinados sectores, aunque oficialmente seamos libres de elegir nuestro destino.

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Por ejemplo resulta muy complicado acceder a una industria como la de la producción agrícola cuando determinados productos están limitados legalmente a una cantidad que ya está copada, en ocasiones tirando parte del excedente, por las empresas del sector.

Además la propia distribución de la obtención e inversión de los ingresos públicos entre la población dice mucho sobre el modelo económico de un país, no es lo mismo invertir en hospitales y escuelas que en bancos y petroleras. Del mismo modo determinadas decisiones también determinan la vida de sus ciudadanos y el camino que seguirán en el futuro, por ejemplo la decisión de hace no muchos días del Gobierno Central, contra los propios deseos de la población y el Gobierno Canario, de permitir prospecciones petrolíferas en las aguas anexas a las islas determinan radicalmente la economía de esta comunidad autónoma y muy posiblemente la de todo el estado, al resultar Canarias un foco de atención turística que apoya en gran medida la imagen del resto de territorio como destino turístico a nivel mundial.

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Aunque parezca mucho más importante la capacidad de legalizar o ilegalizar determinados actos o decidir las penas que tendrán determinados actos ilícitos, la legislación económica tiene un poder que ningún otros aspecto del abanico legal puede siquiera soñar, especialmente en un estado de derecho donde no se puede amenazar a la población con una ejecución sumarísima en caso de resultar penado por deslealtad al régimen. Es más, el poder económico podría llegar a equipararse a una capacidad de ejecución en el largo plazo.

Actos como negar una subvención millonaria a una inversión comunitaria una vez esta ha comenzado ya con la promesa de recibir dicha inyección monetaria (caso por ejemplo de las parques solares y el gobierno actual) puede llevar a un grupo de personas a la ruina económica y, en un estado como el nuestro en el que no existe colchón legal para la quiebra de personas físicas, sería equivalente a la destrucción vital de estas personas. Este es el poder que entregamos a un estado a cambio de que lo utilice para evitar que nadie sufra por encima de lo inevitable.

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Sin embargo se nos cuenta a la vez que, aunque muramos de hambre y frío en las calles mientras otros disfrutan de opíparas comidas y cómodos sillones, el estado es más importante que cada uno de nosotros, por muchos que seamos. En cierto sentido se ha pervertido el propio sentido de estado. De pronto ya no nos juntamos para llegar a algo que sería imposible sin la cooperación de todos los integrantes, sino que nos hemos juntado para obtener una masa crítica de flujos de efectivo que permita a unos pocos vivir de la nada mientras tienen a su disposición suficiente capital como para pagar a los cooperantes necesarios en el aparato estatal como para que sus privilegios puedan ser discutidos en la teoría pero jamás abolidos en la práctica.

De pronto la población se empieza a dar cuenta de que llevamos demasiados años construyendo un edificio, pensando que era para todos, para darnos cuenta de que solo es un castillo en el que los poderosos vivirán de lo que nuestros diezmos provean y sus soldados mercenarios puedan arrancarnos. No sé a vosotros, pero a mí no me parece justo.