Es predicado por activa y por pasiva que el que gana manda y el que pierde se va a la oposición. Es curioso ver como los que ganan en las elecciones se ejercitan en oponerse a la oposición limitando sus funciones a las de la defensa a ultranza al grupo político al que pertenecen. Y sin embargo nunca ha funcionado así. Los países, se mueven gracias a los mecanismos sinérgicos de los proyectos de formaciones de gobierno anteriores. Del mismo modo que un adulto no puede ser adulto sin haber sido niño y adolescente, y hacer uso de esas reminiscencias, un país no puede ser país sin haber pasado por las banderas multicolores de las diferentes formaciones política sin excepción; Algunas con menor incidencia, otras con mayor incidencia: Pero es que en la incidencia se define una obra de fondo predominantemente de color, matizada por incidencias nimias de otro color, que le dan brillo y contraste. Es justo ceder méritos a los mecanismos perennes, que no por antiguos tienen que ser obsoletos. Y es que en el camino de la innovación, la labor de restaurar antiguos mecanismos es prioritaria a no ser que se desee un desmoronamiento del nuevo invento antes de comprobar su eficacia.

El viejo discurso de unos ganan y otros pierdes, forma parte del llamado sofismo, soberbia con la que sólo los gallos pelean en el gallinero, meras palabras que buscan afinidades retóricas con un solo objetivo: acumular poder en forma de botos.

En este punto conviene observar, otro entorno: El fútbol. Y es que por sentidos que sean los colores, si el equipo pierde, el entrenador se va a la calle. Lo mismo pasa en política. Los votantes tienen oídos para contemplar las diversas propuestas. Es legítimo el egoísmo del votante al pretender bienestar, y es para ese bienestar que los políticos debieran trabajar en silencio. Pues de todos es sabido que lejos de ser meramente explicativos los discursos de algunos políticos son meramente defensivos o directamente ofensivos.

En el poso de la política no manda el que se sienta en el trono, manda el que permite que el trono sea sostenedor de líderes. Y proporciona fluidez y medios hábiles al gobernante capaz de entender la política para el pueblo y no su inversa.

Los antiguos griegos citaban estas palabras para recordar las bases de sus actuaciones:

El mejor gobernante es aquel que no se ve.

El segundo mejor gobernante es aquel al que todos admiran.

El peor gobernante es el déspota.

Al déspota, se le van anotando cada una de las injusticias, cada uno de su incumplimiento y cada una de sus incoherencias discursadas. La cuestión es: ¿Cómo elegir a un o una gobernante que no se ve?