Son múltiples los opinólogos en la Argentina que señalan lo que está mal y debiese ser cambiado. Cada uno defiende unos ideales que por políticos debieran ser ajenos y catalizadores de tendencias sociales basadas en necesidades. La urgencia en la que vive la república, es obvia y sin embargo, las prisas nunca fueron buenas para vestir un hermoso traje. Es como un vestido que quedó raído por el tiempo, cada remiendo con una tela diferente, encoge y deforma el estilo de la prenda original. En la opinión de esta humilde mano que escribe, la política debiera estar al servicio del pueblo pero además debiera ser útil, no sólo en la idea de solucionar problemas urgentes sino en la idea de ir sembrando para el bienestar futuro sólidas bases, huyendo, si cave de bipolarizaciones ideológicas de estos y los otros. Es igual que en una familia en la que conviven miembros con ideologías diferentes, diferentes poderes fácticos y económicos. Por navidad se sientan todos en la mesa y rezan unidos en beneficio de su comunidad. Del mismo modo debería verse a la familia política como administradora de tendencias especializadas en proponer mecanismos y estructuras sólidas. Los partidos políticos son como hermanos de una misma familia pues aunque cuenten con voz, sin el voto no tienen razón de ser. En la Argentina está por nacer el o la gobernante, ecuánime que se eleve por encima de las partes para poder coordinarlas. Desde una perspectiva global deberá darse cuenta de los errores de pertenencia a una sola parte del todo y actuar en consecuencia con un talante conciliador pero firme y sin fisuras. Imagino que no ha de haber mayor satisfacción para un político que haber hecho un buen trabajo y poder retirarse al descanso merecido sabiendo que las bases para una prosperidad libre de obstrucción han sido plantadas, muy por encima de la necesidad de tener que gustar, tener que convencer y tener que atacar y defenderse de los llamados depredadores y parásitos políticos. Los antiguos griegos ejercían la política con dos frases en la memoria: El mejor político es el que no se ve y el segundo mejor político al que todo el mundo admira. Si no eran capaces de ser uno de esas dos especies de políticos, se retiraban habiéndolo intentado, pues eran sabedores de la existencia de una tercera clase de políticos aquellos que gobernaban desde el despotismo, a los que les correspondía cargar con gran número de cuentas pendientes y sogas sobre sus gargantas.