Desde que en 1.986 la transnacional norteamericana Monsanto creara la primera planta genéticamente modificada (que no otra cosa son los alimentos comúnmente conocidos como transgénicos) muchas han sido las polémicas y controversias surgidas en torno a la posibilidad de que estos alimentos pudieran o bien acabar con el hambre en el mundo o suponer un riesgo potencialmente grave para la salud humana. Quizás lo de acabar con el hambre en el mundo tenía que ver con el hecho de que los efectos de los transgénicos pudieran acabar con media población mundial.

Ironías aparte, lo cierto es que el ser humano, desde que intentó dominar la naturaleza inventando la agricultura y la ganadería, ha ido mejorando las especies tanto vegetales como animales que le han servido de alimento mediante selección artificial, sobre todo en plantas. Tras el descubrimiento de la reproducción sexual en vegetales, se realizó el primer cruzamiento intergenérico (es decir, entre especies de géneros distintos) en 1.876.

No se puede negar que se han conseguido éxitos con vegetales genéticamente modificados como ocurre cierta clase de tomate que aguantan más tiempo maduro y tienen una mayor resistencia o maíz y soja resistentes a ciertas plagas, por lo que se ha podido reducir la utilización de herbicidas y plaguicidas.

Los caracteres introducidos mediante ingeniería genética en especies destinadas a la producción de alimentos comestibles buscan el incremento de la productividad (por ejemplo, mediante una resistencia mejorada a las plagas) así como la introducción de características de calidad nuevas. Debido al mayor desarrollo de la manipulación genética en especies vegetales, todos los alimentos transgénicos corresponden a derivados de plantas.

Creo que ante la controversia generada por los riesgos que pueden presentar estos productos genéticamente modificados, en España debería seguirse el modelo que impera en varios países de Europa que consiste en, sencillamente, identificar en los comercios o centros comerciales que los vendan aquellos productos modificados genéticamente o transgénicos. Más que nada, para ser conscientes de lo que estamos ingiriendo y saber a que atenernos.