Hay determinados productos que son más proclives a ser comprados a diario que otros. Un pescado aguanta muy poco desde que se vende hasta que se consume mientras un cartón de leche puede comprarse con mucha antelación. Esto provoca que los pequeños comercios deban apoyarse sobre determinados productos para su supervivencia.

Las tiendas de barrio son tiendas de proximidad, es decir, tiendas a las que se acude por ser las más cercanas al lugar donde se reside. Normalmente en estos comercios se adquieren productos de consumo inmediato y diario o de gran volumen. Una familia no esperará hasta el fin de semana para acudir a una gran superficie con el coche para comprar 10kg de manzanas, por muy baratas que estén en la gran superficie, porque sencillamente llenarían el maletero del coche con mucha rapidez.

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Por eso, lo más habitual es comprarlo en fruterías del barrio según se van consumiendo. Lo mismo pasa con la carne, el pescado o el pan. Esta son los productos estrella de las tiendas de barrio y también sus puntos más débiles.

Una gran superficie que desee entrar en una zona de la ciudad y quedarse con el mercado puede atacar estos productos y asfixiar a la competencia con facilidad, solo tiene que poner sus precios por debajo del precio de coste. No es rentable, pero a diferencia del pequeño comerciante eso no es tan importante. Existe ya una matriz que puede absorber esas pérdidas y con muy poco esfuerzo conseguirá echar a los demás del mercado.

Esto se considera competencia desleal y está prohibido porque se asume que la intención de estas compañías no es mantener esos precios, sino usarlos para echar a los demás y, una vez solos en la zona, subir los precios al calor del adquirido monopolio.

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Además si es un producto que no puede ser transportado a grandes distancias sin perder calidad, no solo puede subir los precios de venta, sino también bajar los precios de compra. Al final si eres la única distribuidora de pescado de la zona un pescador puede venderte el pescado a lo que tú quieras pagarle o devolverlo al mar.

Esto es lo que ha provocado que las empresas relacionadas con el pollo denuncien los precios a lo que se venden sus productos en las grandes superficies. Sus propios cálculos les dicen que un pollo ya pasado por el matadero debería rondar los 2,18€/kg, a lo que deberíamos añadir cualquier transporte. Sin embargo las grandes superficies están vendiendo su producto a estos mismos 2,18€/kg, con lo que parecen estar sufragando el transporte y la venta del producto con pérdidas de la empresa. Un comercio tradicional no es capaz de bajar de los 2,75€/kg. No hay color.

Además resulta muy sospechoso que todas las grandes superficies tengan precios tan similares y todas realicen este ataque al pequeño comercio usando el mismo producto como palanca.

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Ya hemos visto este patrón en productos como la gasolina y normalmente detrás de estas coincidencias no se encuentra precisamente una casualidad.

Este precio tan extraño, según las grandes superficies superior a costes, debería ser investigado por Agricultura, que es a quién compete cualquier irregularidad en la cadena de distribución y que por tanto tendría que comprobar si realmente ese precio viene de los intermediarios.

Por el contrario las ventas por debajo del coste corresponden al Ministerio de Economía, que sería quien tendría que realizar las averiguaciones pertinentes.

En caso de que ambos ministerios consideren que la competencia corresponde al otro, la impunidad está servida. Si ambos consideran que la investigación es cosa suya, investigarán 2 veces. Esperemos que los pollos no se queden sin investigar.