Había un proyecto de reformas el día 24 de Mayo de 2014 y otro muy distinto el día 26. En 48 horas y 2,5 millones de votantes la opinión de #Mariano Rajoy y el resto de sus fieles sobre lo que era mejor para España cambió radicalmente. Retrocedamos hasta principios de año.

El #Gobierno había dibujado un cuadro muy claro sobre las reformas que, según sus muy expertos asesores designados por sus muy expertos dedos, necesitaban España y sus ciudadanos muy poco expertos en economía.

En primer lugar, una rebaja de baja intensidad en el IRPF, especialmente a las clases medias, aquellos con una base económica firme que necesitasen un empujón para adquirir televisores, coches y, a ser posible, segundas viviendas.

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Además, una reducción drástica de la tributación del Impuesto de Sociedades. Esto afectaría especialmente a las grandes empresas, ayudándolas a retener una mayor cantidad de beneficios en sus manos, lo que atraería a más empresas grandes a nuestro país que también dejarían muy pocos impuestos a cambio de trabajos. Las pequeñas empresas serían mucho menos afectadas por estas medidas, ya que la clave de la reforma estaba en las deducciones a las que ellos no tendrían acceso. En un país en el que la mayor parte de la economía procede de estas últimas, la reforma acabaría siendo la reforma de las élites económicas.

Por último una reforma de la fiscalidad autonómica que aumentase impuestos actualmente olvidados como sucesiones. Esto enfadaría por un lado a las autonomías en las que esos impuestos subirían y por otro a las autonomías en las que existiese un fuerte sentimiento de identidad, en las que se vería como una injerencia del Gobierno, que por cierto tiene las mismas siglas que muchos partidos con capacidad de gobierno en esas mismas autonomías como Galicia, en la que gobierna, o Andalucía, en la que no gobierna pero tiene la mayor cantidad de votos.

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El Gobierno decidió aprovechar las elecciones para ver como estaba el Pueblo antes de sacar la ley, por lo que unos impuestos que se podrían haber conocido en Marzo acabaron saliendo casi en Julio. Esto tiene un efecto perverso sobre la economía nacional. Las empresas no pueden invertir si no saben en qué condiciones lo hacen, por lo que sencillamente no invierten y los trabajadores potenciales se quedan en sus casas pasando hambre mientras el ejecutivo se deleita con el girar de las agujas del reloj.

Al llegar Mayo, Rajoy obtuvo su respuesta. El pueblo habló y le dejó claro que su barba no era del agrado de tanta gente como antes. Visto lo cual y en previsión de que alguien quisiera quemarsela, la puso a remojar.

Las reformas del IRPF se extendieron al pueblo llano, no sea que miren con envidia a los que son más ricos y voten a partidos que les lleven hacia la igualdad económica.

El impuesto de sociedades bajó hasta los algo más pequeños y pasó de ser una cuestión de deducciones a ser más simple y accesible a la mediana empresa.

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La reforma autonómica desapareció, no sea que lleguen las autonómicas en 2015 y algunos barones populares dejen su cabeza al pie de algún parlamento autonómico.

Estos cambios tendrán lugar en Enero, a menos de 5 meses de las elecciones autonómicas y 11 meses de las generales.

Pasamos de reducir la tributación en 7.260 millones a 9.000 millones. En un país en el que la austeridad y la devolución de la crisis las elecciones han reducido los ingresos del Estado en 1.740 millones de euros en 2 días.

Según parece, ganar las elecciones es más importante que la devolución de la deuda. Devolución de la deuda que ya dejó claro nuestro presidente Don Mariano Rajoy Brey que era más importante que atender a los dependientes, alimentar a los niños en las escuelas, que los jóvenes accedan a la universidad o que en los hospitales la gente no muera esperando que les atiendan en urgencias. Así nos va.