España, país de mujeres hermosas de largas melenas azabache y hombres tentadoramente pasionales, de playas infinitas de fina arena dorada donde el amor florece en los atardeceres de verano... ¿o no? El caso es que, a pesar del cliché, de nuestra belleza y nuestro apasionamiento, nuestro país, según recientes estadísticas, es uno de los que presentan índices más elevados de divorcios dentro de la Unión Europea. Si bien la triste lista está liderada por Bélgica con un 71% y seguida por Portugal con un 68%, Hungría con un 67% y la República Checa con un 66%, la tasas de rupturas matrimoniales en nuestro país se sitúa en un 61%, ocupando por lo tanto el quinto puesto a nivel europeo.

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Tal y como señala el Instituto de Politica Familiar (IPF), estas cifras se deben, principalmente, a la legislación vigente en España, que facilita el divorcio exprés.

Según un estudio elaborado por Business Insider, los seis primeros países del ranking son europeos, mientras que en Chile tan sólo se divorcia el 3% de parejas, aunque debemos tener en cuenta que no existen datos fiables sobre un gran número de países, sobretodo africanos y asiáticos (ver tabla a pie de artículo).

A pesar de nuestras nefastas cifras al respecto, parece ser que los matrimonios fallidos que se pueden permitir terminar antes de que la muerte los separe resultan ser afortunados después de todo. Lo cierto, aunque las cifras suministradas por los medios no lo reflejen, es que un gran número de españoles se está viendo obligado a mantener sus matrimonios rotos debido a la crisis.

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Si no llegamos a final de mes... si los sueldos se han encogido mientras el IVA y los precios han hecho todo lo contrario... si irse durante toda una quincena de vacaciones es ya un vano recuerdo del pasado... si hay cola en los contenedores de basura para recoger todo aquello mínimamente reutilizable... ¿cómo vamos a permitirnos divorciarnos? En España, segundo país de la Unión Europea con el mayor índice de pobreza infantil, superado solo por Rumanía según el reciente informe de Cáritas Europa, solo unos pocos pueden asumir los costes de finiquitar un matrimonio, hecho que a menudo conlleva situaciones inverosímiles que rayan en la absurdidad y flirtean con la crueldad.

Parece exagerado, pero un amigo recientemente me narró su triste historia. Discusiones... desamor... desencanto e incluso infidelidad... escenario típico pre-divorcio. Hasta aquí todo parece tremendamente normal. Ella abandona el chalet hipotecado para vivir su amor extra matrimonial imposible en un piso de alquiler, mientras él permanece viviendo en la casa, la hipoteca de la cual apenas le permite vivir.

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Dos hijas menores de edad con custodia compartida que van y vienen sin opinar en exceso, con la sonrisa lánguida y la mirada encogida. Pero el caso es que las cosas nunca parecen suceder como uno las había previsto, y ella se queda compuesta y sin novio y, para acabar de aliñar la ensalada de escarola amarga, se queda en paro a las pocas semanas. Resumiendo y obviando detalles innecesarios, ella no tiene más opción económica que regresar a regañadientes a su antiguo hogar familiar, para regocijo y a la vez desconcierto de las dos niñas. De este modo, los ex-cónyuges pasan a compartir espacio, compartir nuevamente hipoteca, y establecer unos horarios de uso y disfrute del sofá y espacios comunes a fin de evitar cualquier proximidad física.

Si bien no es lo frecuente, este tipo de situación es tan real hoy en día que todos conocemos alguna historia similar. El caso es que los costes a asumir ante un divorcio resultan astronómicos para el español de a pie: abogados y procuradores suponen los gastos mínimos, que dependerán de qué camino tome la pareja. Si se trata de un divorcio de mutuo acuerdo, la cifra estará entre los 600 y los 1.500 euros, mientras que si no hay mutuo acuerdo, oscilará entre los 1.500 y los 2.000. A los honorarios del abogado tendremos que añadir, por supuesto, los del procurador, que suelen estar entre los 500 y los 1.500 euros. No es de extrañar que en la red proliferen páginas de abogados que tramitan el divorcio exprés por menos de 200 euros, "todo incluido", en una extraña competencia por ofrecer los precios más bajos, publicitándose como si de restaurantes de cocina rápida se tratara.

Ofertas aparte, a estos gastos se debe añadir que uno de los dos miembros de la pareja deberá pagar un alquiler ineludible, fianza y mes por adelantado incluidos. Suponiendo que el hogar familiar fuera de propiedad y estuviera hipotecado, todo un aluvión de problemas añadidos empeorará la situación, pues nadie compra en los tiempos que corren y esas cuatro paredes que en tiempos mejores acogían al futuro con ilusión se convertirán en una carga demasiado pesada. Con hijos de por medio, el regateo de las pensiones alimenticias entrará también en juego, desestabilizando aún más la economía de quien deba pagarlas, y aumentando el drama de quien no pueda mantenerse por sus propios medios. Y todo ello, presuponiendo que no se trate de una de las numerosas familias cuyos miembros al completo están en paro; en tal caso, la opción del divorcio pasará a ser un deseo intangible. Así, en nuestra tesitura actual, imbuidos en una crisis que no parece terminar, seguir compartiendo hogar y gastos es a menudo la única opción viable, que deberá hacerse compatible con llevar vidas sentimentalmente separadas pero económicamente unidas, compaginando la tolerancia con la desgana en una lucha diaria por no llegar hasta límites intolerables dentro de esa peculiar convivencia casi imposible.

Así pues, la situación de nuestro país ha regalado a muchas parejas, en muchos casos, un día a día de frialdad, desencanto, amargura e ingentes dosis de paciencia, a la espera de que, en un futuro no muy lejano, con un poco de suerte, la coyuntura mejore y por fin puedan decirse el uno al otro: "Amor mío, hoy sí me puedo divorciar".