Es difícil calificar lo sucedido en el #All-Star la madrugada del domingo al lunes en España, 8:00 PM en Nueva Orleans. La cara de Julius Erving intentando dar crédito a lo que estaba sucediendo es el sentir de muchos aficionados a la NBA, a los que se nos vienen a la memoria tiempos mucho mejores para un partido en el que, precisamente, juegan los mejores jugadores del mundo y que debería servir para ver competir, al menos medianamente, a las grandes estrellas que pueblan el #Baloncesto norteamericano.

Es obvio que este partido de las estrellas siempre ha sido como la última etapa en París del Tour de Francia, más de escaparate y como reconocimiento por haber llegado allí.

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Pero siempre, al menos hasta estas últimas temporadas, en el caso de la #NBA, se ha competido y el deseo era ganar, a pesar de que las defensas no han sido nunca la nota predominante.

Cualquier tiempo pasado fue mejor

Lo sucedido en los últimos años ha de hacer reflexionar a la NBA, que no puede convertir un encuentro como este, que pone el broche final al All-Star, en una pantomima, como así ha ocurrido en esta edición. 192-182 a favor del Oeste reflejaba el electrónico al final del choque, la máxima anotación de la historia y con un MVP, Anthony Davis, de récord (52 puntos). Si algunos levantaran la cabeza...

Recuerdo ese All-Star de 2001, uno de los mejores de la historia, con ese tapón de Vince Carter a Tim Duncan en el último suspiro. O el de 2003, el último de Michael Jordan y que tuvo 2 prórrogas.

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El pique estaba ahí, la defensa era algo permisiva pero siempre había interés en derrotar a tanta estrella rival. Todo lo contrario que ahora, en donde el resultado es un simple elemento de atrezzo para un partido que va camino de no interesar a casi nadie.

Están muy bien los mates, las jugadas espectaculares y demás virguerías con las que nos suelen deleitar los jugadores. Como amante del baloncesto alucinas viendo hacer cosas imposibles para el resto de los mortales, aunque si le quitas la emoción y la competitividad tiras a la basura ingredientes fundamentales para que este choque vuelva a ser lo que hace un tiempo fue: el mejor partido del mundo.