Noche lóbrega en el monte Kiyozumi, la luna se filtra entre copas espectrales de árboles milenarios. Una lechuza ulula en la oscuridad, su penetrante mirada observó el nervioso movimiento de un pequeño ratón entre las hierbas que cubren la tierra, un vuelo rasante, elegante y resuelto auspicia la caza, el drama se consume.

Un hombre medita en las adyacencias de la choza construida por él mismo utilizando únicamente las manos.

Masutatso Oyama, acariciado por el viento gélido que recorre la noche montañosa, recuerda pasajes de su vida. Su nombre originario, que le fue otorgado en su aldea nativa en Corea del Sur, fue Choi Yeoung-eui, cuando, aún muy joven se trasladó al Japón, asumió el de Masutatso Oyama (Montaña Magnífica).

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Contaba apenas nueve años de edad el niño Choi cuando se trasladó a una granja en Manchuria, propiedad de una hermana, allí tuvo su primer maestro de artes marciales, Master Yi. La disciplina y la práctica del Kempo al nivel de Shodan apasionaron a Choi de tal manera que toda su vida futura giró alrededor de esta filosofía de vida.

Ya en Japón, el joven Oyama se convierte en Segundo Dan a la edad de diecisiete años y, al arribar a los veinte ostentaba su Cuarto Dan en Karate y en Judo.

El hombre sentado en la oscuridad solemne de la montaña rememora el sueño juvenil que le impulsó el deseo de llegar a ser piloto, se alistó en la 8ª División de Kamikaze pero, antes de llegar a efectuar el vuelo postrero la guerra terminó, al ver frustrada su ambición ingresó a la Academia de Entrenamiento para el Ejército Imperial, Butokukai.

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Con cierto dolor, aun no mitigado totalmente, recuerda el sentimiento de desesperación e impotencia que le asaltó la rendición del Japón en 1945, circunstancia que finalmente lo puso en contacto con Nei Chun So, considerado la máxima autoridad en Gojo Ryu Karate, heredero digno del gran maestro Chojun Miyagi.

Oyama alza la vista y observa, nítidamente dibujada en el dorado resplandor lunar, la silueta con alas desplegadas de una lechuza, sus agudos sentidos le permitieron relacionar aquel vuelo con el ulular escuchado poco antes, preludio a una caza exitosa. Oyama interpretó el mensaje del ave, como oráculo que indicaba la culminación de una etapa inconmensurable de aprendizaje y la indicación perentoria de la necesidad de transmitir sus conocimientos.

Empezando la década de los ’50, Sosai Oyama inició una gira por varios países. Realizaba combates con toros, llegó a enfrentarse a 52 de estos animales, a 49 de ellos les quebró los cuernos utilizando un golpe de mano denominado Shuto. Durante uno de estos enfrentamientos en México, un todo le asestó una cornada, Oyama logró vencer finalmente al animal, aunque eso le significó seis meses de hospitalización y por poco le cuesta la vida.

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En su gira Sosai Masutatso Oyama enfrentó a 270 adversarios de diversas disciplinas y en todos los combates triunfó. Finalmente estableció una modalidad propia dentro de la escuela del Karate, a la misma llamó Kyokushin, lo que significa “Última verdad”. Este método se oficializó en el año 1964, desde ese momento las enseñanzas del Kiokushin se esparcieron por 120 países, hoy más de 10 millones de personas practican bajo los lineamientos del método, lo que lo convierte en el más prolífico de las artes marciales.

Su desaparición física, ocurrida en el año 1994, solamente pudo agigantar la sombra del Sosai. #artesmarciales #campeonesreales #iconodelasartesmarciales