En los años ’50 y hasta la década de los ’70, el espectáculo de más convocatoria para el grueso público venezolano fue, sin duda alguna, la lucha libre.

Todos los sábados y domingos, en un galpón ubicado en plena avenida San Martín, una troupe de fornidos atletas se enfrentaban en combates apasionantes de destrezas y fuerza, haciendo las delicias de un público entusiasta que llenaba el “Palacios de los Deportes”.

La influencia del deporte alcanzó tales niveles que, un medio emergente para la época, la televisión, intuyó el alcance del espectáculo y no tardó en incluirlo en su programación habitual. Así en Televisa primero y en Venezolana de Televisión (en ese momento en manos privadas) posteriormente, los combates de la lucha libre se convirtieron en los programas récord de audiencia.

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Transcurrió medio siglo desde aquellas exhibiciones pero, todos los que tuvieron el privilegio de asistir o presenciar el espectáculo desde la pantalla chica, tienen un recuerdo vívido de las emociones que aquellos cultores de pancracio lograron transmitir. Nombres como Bernardino La Marca, Gran Lotario, Dark Búfalo, Jaime el Fantasma, El Tigrito del Ring, El Apolo Venezolano, El Chiclayano, El Santo, El Gran Jacobo y, quizás el más detestado a la vez que también era idolatrado: El Dragón Chino, se convirtieron en protagonistas de la historia citadina, en una urbe que, aun siendo provinciana, empezaba a emerger como moderna metrópolis.

En nuestra opinión las historias urbanas, con toda su carga ancestral, no deben naufragar en un inevitable olvido cuando las generaciones de ciudadanos van dejando paso inexorablemente a los descendientes, sino más bien existe una obligación de transmitir las crónicas que, en determinados momentos, edificaron un gentilicio que a la postre da personalidad citadina, transmitiendo un saludable sentido de pertenencia a los seres humanos.

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Así, como el Gran Maestro Billo Frómeta, no dejó naufragar la memoria del último auriga caraqueño con su “Épa Isidoro”, sirva esta crónica para recordar un período urbano caracterizado por protagonistas que, en una suerte de efímera gloria, lograron sin proponérselo obsequiar a un gran público, alegrías y divertimento, marcando unas décadas con sus desafíos que, bueno es decirlo, cesaban al bajarse del ring para metamorfosearse en camaradería y en muchos casos sólidas amistades. Ojalá hoy en día nuestros antagonistas políticos pudieran ejercer este arte de la convivencia entendiendo que los enfrentamientos son eventualidades y no una constante de extrapolados enfrentamientos. #Luchalibre #DeporteenVenezuela #Deporteenelpasado