Estados Unidos ha sido el país con más metales, un total de 119; 44 de oro, 36 de plata y 39 de bronce, seguida por Inglaterra (66, 27 de oro) y China (70, 26 de oro). El equipo español ha conseguido repetir las mismas medallas que en la Olimpiada de Londres (17) pero con un mejor bagaje en oros, pasando del puesto 22 en la cita británica, al puesto 14  en Río. Es la mejor participación española en unos Juegos después de las #Olimpiadas de Barcelona en 1992. En aquella ocasión conseguimos 22 medallas, 13 de ellas de oro, 7 de plata y 2 de bronce, ocupando el sexto lugar en el medallero detrás de Cuba. Las 17 de Río nos equipara a Pekín y Londres (18 y 17 respectivamente) pero con un mayor número de oros 7, 4 de plata y 6 de bronce.

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Nos coloca en el puesto 14 del medallero detrás del país anfitrión Brasil.

La Olimpiada de Río ha traído no solo metales, colocando a los habituales países entre los 10 primeros del medallero, también estadísticas. El dinero invertido en deporte, la renta percapita y el PIB se ve reflejado en el resultado. Hay, eso sí, excepciones como los países del Caribe, Jamaica y hasta las olimpiadas de Pekín, Cuba, que se aferraba a los 12 primeros puestos del listado por su espléndida escuela de deportistas (en Río ha sido el 18 del medallero), con presupuestos infinitamente menores que Francia o Italia. Hungría es otro de esos países que siempre está, con una rentabilidad casi inaudita. Kenia por sus fondistas o Kazajistán, otra de las relativas sorpresas. Son datos curiosos de cómo las Olimpiadas son mucho más que la gran competición de competiciones de la Historia del deporte.

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Hablamos de un escaparate de países, una muestra de su potencial, de las inversiones puestas en juego, de su cultura. Es el gran evento de la promoción e imagen de un país y cómo no, también un negocio.

Río de Janeiro ha sido una Olimpiada controvertida, realizada en un país en recesión económica y con una grave crisis democrática (el ejecutivo es un gobierno interino que tiene en contra a más del 80% de la ciudadanía). Manifestaciones cotidianas contra el ejecutivo, se han juntado a un movimiento crítico contra la organización de los Juegos. Más de la mitad de la población no estaba de acuerdo por el despilfarro que supone organizar este tipo de eventos. Más allá de los discursos y de las alabanzas a una ciudad, sin lugar a dudas un escenario maravilloso –no recuerdo un cónclave tan bello para unos Juegos-, se espera que el impacto de la Olimpiada tenga una repercusión en la mejora de la ciudad y que sus instalaciones sean beneficiosas para toda la ciudadanía, ese es uno de sus “nobles” objetivos.

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Estas consecuencias difícilmente tangibles, y más para una urbe, y un país que aún tiene desigualdades notorias están por ver. Cierto es que ha supuesto una ventana para Río de Janeiro. Se ha conseguido transmitir una imagen de ciudad moderna, colorida y alegre y que los grandes peligros que acechaban, el zica, la violencia o la mala organización, han sido solventados satisfactoriamente. En líneas generales Río ha sido un evento deportivo notorio que finalmente ha tenido el apoyo del corazón de la ciudad –nunca le faltó latido. Una ciudad maravillosa que ha supuesto abrir la puerta a América del Sur, como anfitrión de las primeras Olimpiadas de su Historia. Pero por primera vez, las movilizaciones tan notorias han sembrado la polémica y la mirada crítica de los ciudadanos. La crisis económica y la responsabilidad de las inversiones son hoy un tema de debate. El caso de Suecia a negarse a organizar las Olimpiadas de Invierno y aprovechar ese dinero en inversión de vivienda social, es hoy un foro de respuesta consciente de la población ante un evento que no hace mucho tiempo, no se concebía de forma crítica.