Hay ciertas anomalías capaces de derribar los cimientos de un paradigma concreto y generar por ellas mismas una revolución - que no evolución- del propio sistema. Thomas S. Khun sugirió esta idea en su celebérrima obra La estructura de las revoluciones científicas para tratar de explicar la naturaleza del avance en el ámbito científico. Ahora, este mismo concepto tan aparentemente alejado de las canchas de #Baloncesto cobra su significado ante las últimas campañas descomunales en la NBA de Stephen Curry, el base de los Golden State Warriors (GSW).

La idea es simple y bastante intuitiva, aunque hay un matiz importante a considerar para apreciar la distinción entre evolución y revolución.

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A tenor de las estadísticas, uno podría fácilmente comprobar como cualquier liga profesional de cualquier deporte consigue con los años, a través de entrenamientos especializados, mejorar distintas facetas de sus jugadores para favorecer las estrategias y modos de jugar que en su conjunto conforman el sistema o la idea del baloncesto para un determinado tiempo. De este modo, podríamos analizar llanamente la grandeza de jugadores como Michael Jordan o Stephen Curry según las estadísticas y afirmar/blasfemar que son superestrellas tanto como lo puedan ser Lebron James, Kevin Durant, James Harden, Paul George y un largo y tantos otros. A día de hoy, para algunos, Stephen Curry no pasa de aquí.

Sin embargo, del mismo modo que un equipo épico o de leyenda se distingue de un simple equipo campeón, en donde para el primero el ganar queda subyugado al cómo se vence, un jugador revolucionario también comparte la misma característica.

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Así pues, Stephen Curry no solamente - y disculpen la expresión- es la leche en cuanto a porcentaje de tiro se refiere, sino que su impacto en el modo juego de su equipo, en cuanto a inteligencia, estética y capacidad sorpresiva, es proporcional al que inflige a sus rivales y al sistema de juego NBA por extensión.

Si mantiene el ritmo y su talento sigue fluyendo, se avecinan tiempos de crisis para el concepto actual del baloncesto, en donde hoy día ningún jugador ni entrenador tiene automatizada la defensa desde los 9 metros y menos con 18 segundos de juego restantes. Si sigue mostrando sus destellos de genialidad, las superestrellas como Lebron James, Kevin Durant, James Harden, Paul George y un largo y tantos otros quedarán en evidencia una y otra vez ante el escurridizo, habilidoso e imprevisible base de los GSW. Si el indefendible Steph continúa siendo Steph y los de la Bahía siguen practicando su atractivo baloncesto, mezcla de lo mejor de la NBA y de lo mejor de Europa, Stephen Curry y sus GSW se consolidarán como esa anomalía que exigirá una revolución en la estructura del baloncesto.

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Ante una anomalía de tal calibre, Kuhn ya advertía de la falta de calificativos o precisamente de la necesidad de crear nuevos conceptos para poder explicar la dinámica de tales revoluciones. Y es que efectivamente parece que por el momento no podemos hacer otra cosa sino únicamente sentarnos delante del televisor y dejarnos maravillar por este jugador único y su equipo, viendo como récords y registros históricos, tanto individuales como colectivos, son superados con una facilidad insultante. ¡Bendito problema!