Llegó el día. El Clásico. #Real Madrid y F.C.Barcelona; el duelo de titantes. Cientos de millones de espectadores aguardaban ante el televisor. Unos pocos privilegiados esperaban en el Santiago Bernabéu, expectantes. Y cuando el balón echó a rodar por el fulgurante césped de Chamartín, sólo jugó el Barcelona. 

Las alineaciones, condicionadas por uno u otro motivo, fueron sorprendentes. El Barça no quiso arriesgar con Messi y lo atesoró en el banquillo, esperando su oportunidad en el segundo tiempo. Por lo demás, todo según lo previsto: Iniesta jugó de media punta en un dibujo táctico cambiado del 4-3-3 al 4-4-2, escoltado por Rakitic, Sergi Roberto y Busquets.

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El Madrid disponía de todo su arsenal. Benítez, en un intento de valentía o de adulación hacia Florentino Pérez, sentó a Casemiro, ancla del equipo blanco y dio la titularidad a James, infinitamente más mágico pero también infinitamente menos trabajador. También sorprendió la caída de Carvajal del once en favor de Danilo, que no ha demostrado ni la mitad de lo que el canterano es capaz. El Barça empezaba ganando ya desde la pizarra.

En cuanto al fútbol propiamente dicho, no hubo color, discusión ni partido. El Barça se adueño del balón en cuanto pasó la ventolera de cinco minutos del Madrid y ya no lo soltó en todo el encuentro. La pesadilla blanca comenzó a los diez minutos cuando el cuadro azulgrana mimó el balón en la sala de máquinas, explotó la superioridad numérica hasta que Sergi Roberto irrumpió como cuchillo en mantequilla a la frontal del área, oteó el horizonte y colocó un pase milimétrico a Luis Suárez.

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El uruguayo se encontró con un balón de los que no sabe perdonar, y con una clase demoledora puso el balón mansamente y con el exterior lejos del alcance de Keylor Navas. No sería más que la primera página de un tormento irreparable para los áureos, a los que les tiemblan las piernas cada poco ante el Barcelona. Las imágenes del 0-5 de Cruyff, el 0-3 de Ronaldinho y del 2-6 de Messi sobrevolaron el sacrosanto merengue cuando Neymar, en el 39, hizo el segundo. Los culés presionaron vorazmente una salida de balón del Madrid hasta que Rakitic se apoderó del cuero. Cedió a Iniesta y éste obró una jugada al alcance de los elegidos. Rotó sobre sí mismo, se zafó de dos, avanzó inexorable y soltó el balón entre líneas para Neymar. El brasileño no falló. Era un 0-2 rotundo que podría haber llegado mucho antes. El Barça se divertía y el Madrid no era más que un juguete roto en sus manos, aplastado ante la mayor fortaleza, calidad y ganas de un rival cada día más temible. Rakitic tuvo otra ocasión de oro en el 44, pero perdonó el tercero.

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Llegó el descanso y el coliseo blanco abucheó a los suyos hasta quedarse sin aire.  

El segundo tiempo fue idéntico al primero. El Madrid salió volcánico, a morder. Pero sólo duró cinco minutos. De nuevo llegó el dictador de la noche, Andrés Iniesta y conquistó el balón para siempre, con la ayuda de un gigantesco Sergi Busquets. Tuvo que ser el manchego, que evocó a sus mejores noches, el que hiciera el tercero. Otra combinación genial concluyó en sus pies, envió a Neymar, éste se la devolvió de tacón dentro del área y el de Fuentealbilla fusiló a lo Stamford Bridge. Daba la sensación de que el encuentro era un escenario en el que el Barça bailaba sinfonías ininteligibles para el Madrid, que vuelve a estar a años luz del juego culé.

Poco después salió Messi.  La historia concluyó con un último zarpazo de Suárez en una jugada orquestrada por los tres tenores: Messi dribló en una baldosa, envió a Neymar que de primeras dejó solo al uruguayo. Engañó, amagó y batió sutilmente a Keylor por arriba. Un auténtico baño de los que marcan época. Al final, Piqué buscaba el quinto para echar sal a la herida. No lo consiguió porque Munir le arrebató la ocasión y falló.   #Liga #FC Barcelona