Miraba a un lado y hacia el otro. Pensativo. Tenía la mirada fija, en ese punto del que podría ser suyo, ese instante del que a veces se llega a tocar con la yema del dedo índice, aquel dedo que señalaba como un joven pero gran rival le ganaba la partida por cuarta vez consecutiva y la segunda enfrente suya. La mirada viajaba perdida ya, en un color de ojos donde la lluvia hacía estragos del ahogo y la orilla ya estaba demasiado lejos. Casco puesto. Aún.

Ahora, tres años después, #Fernando Alonso se encuentra en un lugar de esos de espiral, donde parece imposible salir sin rendirse. Un año en los que prometía, otra vez, pero con distinto universo saliendo de un planeta que se hacía cada vez más pequeño.

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Quería un nuevo reto, una motivación necesaria que había divagado por los cinco coches rojos que tuvo hasta que se diluyó. Ahora la encontró… pero la fuerza es ahora la que se esconde.

Todavía se hace escuchar la primera vez que se sintió el rugido que hacía volver a la historia allí en Jerez. Pero no era del todo ese rugido que se oía en el resto de monoplazas, sino de uno que bufaba, como constipado; el ronco motor de uno que traía demasiadas esperanzas dentro.

Pero Honda, ese gigante japonés, es parte de la fuerza por la que la motivación está, por la que Mclaren hizo que el retorno del español sea con esta dupla ganadora de antaño. Pero lo que está debajo de esa fachada llena de ilusión es que, para que brille, el tiempo debe jugar algo muy valioso, quizás lo más vistoso que se necesita: la paciencia, palabra marcada y remarcada como un tatuaje que pasa por los años sin arrugarse.

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Y es que esa pesadilla es un riesgo por el que correr. Se sabía. Una aventura joven por la que la que lo forman no tienen de eso ya. O casi. La veteranía de quien lo emprende es la de dos pilotos que traspasan la barrera de la treintena de edad, pero donde se dice que si no tomas el riesgo no ganas. Por eso se intentó: para conseguir el objetivo que tantas partes miran con tantos ojos, de esos que hacen que la presión llegue a apoderarse como comentó Jenson Button; una amiga que de a poco puede ser una compañera difícil de llevar en el viaje, un calvario que, a estas alturas, puede empezar o quizás empiece a terminar.

El caso más cercano y en el que más se reflejan los que siguen creyendo, Mercedes; no se hicieron con la primera piedra del éxito hasta el tercer año de su nueva entrada en la Fórmula 1, con aquella victoria de Rosberg bajo la bandera china. Luego y hasta la nueva era en la que el Gran Circo entraba, consiguieron el campeonato del mundo arrasando de forma sublime al resto de la parrilla. Así lo cierto es que de momento el dominio no se ve dado que los puntos ni siquiera han llegado con regularidad, mas, esta temporada de ‘debut’, son pruebas para lo que tiene que venir.

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Aquí se forja lo que se quiere atrapar el próximo año para amarrar lo del siguiente, donde la suerte juega un papel que se hace notar. Siempre.

Los que se quedan ven como dos campeones con tres títulos entre ambos sólo llegan a verse al fondo del pelotón… o eso si se consigue acabar, el primer objetivo de todo hito en esto de las carreras de coches. Pero lo que no se ve es como ese asturiano con una barba tupida, ojos cansados, pelo alborotado, esboza una sonrisa de esas que solo instan a que eso de ‘Lo mejor está por llegar’, se pueda cumplir. A base de coraje, esfuerzo, talento del que sobra y del que aún queda. Ese de aquel que dejó el equipo más laureado y prestigioso de la historia para irse a un proyecto que ahora mismo está bajo tierra, pero del que no se puede dejar la última palabra por escrita. Aún no. 2016 pinta, no se sabe si oscuro o con brillo, no se sabe si lo de hoy es necesario o un paso excesivo para la alianza anglo-nipona, no se sabe si se va a llegar a tiempo a que florezca, pero se va a intentar. Como todo, como siempre. Porque sí. Porque se puede hasta que el reloj quiera que se acabe, luchando sin final. #Fórmula 1