El caso reciente de la selección Argentina, subcampeona del mundo y de la Copa América, abre el debate en torno a si es valioso un segundo puesto o equivale a una frustración humillante.

¿Sirve salir segundo?

La vertiginosidad exitista que plantea el fútbol suele castigar duramente a los subcampeones. Perder una final para muchos es una deshonra, una vergüenza imperdonable, una falta de respeto al sentimiento de la gente. Son muchos los que reprueban al subcampeón al adjudicarle “falta de carácter” o de “actitud”, resaltando la importancia exclusiva del campeón, del exitoso, de aquel que logró el objetivo.  

Pero aunque siempre se pensó que los únicos que se recuerdan son los ganadores, hubo grandes equipos que no pudieron consagrarse pero que siguen siendo reconocidos por todo lo que le aportaron al #Fútbol mundial, como la selección de Holanda de 1974 o la Hungría de 1954, entre otros ejemplos.

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No siempre ganan los mejores. A veces llena y complace mucho más ver a un equipo que no festeja el campeonato pero despliega un juego vistoso, seductor, atractivo, en contraposición a un campeón mezquino y especulador.

El caso de Argentina

Argentina cosechó dos subcampeonatos en menos de un año. Y si bien recibió ciertos elogios por haber sorteado instancias decisivas (no jugaba una final del mundo desde 1990) los cuestionamientos no tardaron en llegar. Jugadores como Messi, Agüero, Higuaìn, Di María y Palacio, entre otros, recibieron duras reprobaciones. Y mucho más notorio fue en la Copa América 2015, donde las críticas fueron masivas al equipo, que mostró una pálida imagen en la final con Chile.    

Lo que para muchos puede haber significado un valioso resultado, con un subcampeonato al que no accede cualquiera, para la gran mayoría fue decepción y fracaso.

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El campeón no siempre es el que mejor juega

Siempre se dice que el campeón es el que mejor hizo las cosas o el que más mérito tiene. En parte es cierto, porque llegar a ser campeón del mundo o de cualquier torneo es propiedad de unos pocos equipos privilegiados, pero las estadísticas no siempre coinciden con la estética o con lo acontecido.

 El caso más representativo es el de la memorable y recordada “Naranja mecánica” en el mundial de Alemania 1974, una selección que, de la mano de Johan Cruyff, supo ser un equipo extraordinario que exhibió un juego lujoso y destacado, con grandes actuaciones colectivas e individuales. Tras una campaña excepcional, perdió la final con Alemania 2-1 y se quedó sin el título.

 Otro subcampeón notable fue la selección de Hungría de 1954, un equipo con una contundencia pocas veces vista en el fútbol, la selección más goleadora de la historia de los mundiales.

 No siempre gana el que merece o el que mejor juega y en la historia del fútbol está más que demostrado.

A veces es preferible ser recordado por haber llenado al espectador de fascinación que por haber ganado un torneo con una mezquindad paupérrima.