En la actualidad, debido al tema de la sanción de la UEFA al Barcelona por exhibir banderas ‘estelades’ durante el partido de Champions League ante el Bayer Leverkusen y el posterior desafío del Barça, muchas personas señalan que el presidente Bartomeu y los directivos del club catalán deberían diferenciar el #Fútbol de la política. Sin embargo, el fútbol es un espacio donde convergen una infinidad de intereses, disciplinas y actores. Por ello y aunque no hay ningún buen motivo para unirlo a la política, los intereses políticos, las ciencias políticas y los partidos políticos no le son en absoluto ajenos.

El deporte, en general, y en concreto el fútbol como deporte rey siempre se ha mezclado con la política.

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El fútbol se encuentra en una dimensión de lo simbólico, muy importante para la sociedad, es un lugar adecuado para el desarrollo eficaz de la construcción de identidades. El equipo y los intereses políticos, los jugadores y los líderes, en muchas ocasiones, se mezclan, como ocurre con los cánticos  y consignas que se escuchan en las gradas. Por ello, en regiones como en Cataluña la representación deportiva y política coincide.

No obstante, el caso del #FC Barcelona no deja de sorprender. Desde sus inicios la vinculación del Barça con Cataluña es casi inmediata, desde que se fundará en 1899 el club catalán comenzó a definir su construcción identitaria en contra del RCD Español (fundado un año después) que estaba bajo el patronazgo del rey Alfonso XIII e intentó influir en la sociedad catalana.

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Además, las diferencias quedaron plasmadas en los símbolos y las equipaciones, el escudo del Barça está engalanado con la senyera, el escudo del Espanyol está adornado con la corona real.

La década de 1920 fue el año de consolidación del Barça de manera vertical en las clases sociales catalanas, tanto los burgueses industriales como la clase obrera forman parte de la masa social del club, aumentando entre 1921 y 1924 de 4.302 a 12.207 socios coincidiendo, por un lado, con el mítico jugador Josep Samitier y la construcción del nuevo estadio de Les Corts, y por otro lado, con el golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera y la llegada de la dictadura, que dio al club un valor de refugio simbólico. Que los clubes tenían una significación cultural, social y política, fruto de las diversas tradiciones que las habían motivado, lo supo de inmediato el franquismo y por ello actuó de manera represiva contra las asociaciones o clubes deportivos contrarios al régimen por ser próximos a postulados nacionalistas o republicanos.

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Por ello, y a pesar de que el deporte no es política en sí mismo, es difícil separar la política del fútbol. Los cánticos deportivos se politizan en la calle y los de la calle se futbolizan en las gradas. El problema no es esta en la convivencia o en la coexistencia sino en el uso que se hace del fútbol en cuanto instrumento al servicio de los políticos. Por tanto, puede ser negativo o positivo, a beneficio individual o colectivo. Ocurre que estas cualidades casi siempre son relativas y siempre dependen del color del cristal con el que se mire.

Pero como dijo Antonio Gramcsi “El fútbol es un reino de la libertad humana ejercido al aire libre”.