Este pasado domingo, una vez más, pues no es la primera, aunque sí confiemos en que sea la última, el mundo del #Fútbol vivió una jornada trágica, cuando dos grupos rivales de hinchas radicales se citaron horas antes del partido que debían disputar sus respectivos equipos, pero no para tomarse unas cervezas y unos pinchos de tortilla, ojalá, sino para enzarzarse en una pelea previamente concertada por mensajes de móvil y WhatsApp, y que, como era de esperar, acabó en tragedia.

Barras metálicas, bates, puños americanos, bengalas… eran las armas que portaban esos vándalos. Y, como por lo visto, no era suficiente armamento para abrir cabezas y romper costillas, se agenciaron con las sillas y las mesas de los bares cercanos.

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Que no se diga que no se puso ganas enviar al hospital al odiado rival, no sea que después le tachen a uno de "poco macho". Y, claro, la cosa acabó como acabó, con un radical del Deportivo muerto. Vergonzoso y triste. Sí. Muy triste que el fútbol sea la excusa para que ciertos delincuentes, porque son unos delincuentes con antecedentes policiales casi todos ellos, den rienda suelta a la bestia que llevan dentro.

Pero, mientras clubes y dirigentes continúen protegiendo, alentando, e incluso, financiando a los grupos radicales, poco o nada se podrá hacer para que no vuelva a repetirse un episodio parecido al del pasado domingo. Aquí haré un inciso. El ex presidente del F.C. Barcelona, Joan Laporta, aunque criticable y censurable en algunos aspectos de su gestión frente al club blaugrana, en esta cuestión sí le echó lo que había que echarle, y acabó con los famosos y violentos Boixos Nois, decisión que tuvo consecuencias para él, por supuesto, negativas, entre ellas, amenazas de muerte.

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Pero no por ello se amilanó. Se mantuvo firme y no cedió a las intimidaciones ni a las bravatas de esos energúmenos. Sería muy aconsejable que otros clubes y presidentes de fútbol siguieran ese ejemplo, tomando las medidas necesarias para que el que nombre de su equipo no se vea salpicado por sucesos de violencia, y mucho menos, con muertos de por medio.

Pero también sería ejemplarizante que en esos otros campos de fútbol donde lo más que puede perderse o ganarse es el "orgullo" y, donde se supone, los niños que allí juegan, además de aprender los secretos del balompié, son instruidos en valores como el compañerismo, el famoso fair play (juego limpio), la complicidad con los compañeros, la deportividad, la amistad…, sus padres, y en ocasiones, sus entrenadores, no actuaran como auténticos bárbaros, dando así, el peor de los ejemplos. Y es que, educar en la no violencia, empieza en nuestra casa.