Corrían las nueve menos cuarto en Vigo y la lluvia parecía querer tomar el papel protagonista de la noche que traía a la selección de vuelta a Balaídos. En frente, nada más y nada menos que la campeona del mundo, una Alemania repleta de bajas pero con jugadores de la talla de Kroos o Muller sobre el encharcado terreno de juego.

El pitido del árbitro marcó el inicio del espectáculo y rápidamente, un chaval de 22 años comenzó a provocar que los allí presentes se olvidasen hasta del agua que insistentemente, no dejaba de caer sobre sus cabezas.

Eran muchos los ojos puestos en él tras su partidazo ante Bielorrusia pero Isco, ya acostumbrado a la presión y a bailar entre los focos, no defraudó. Comenzó comandando el ala izquierda del ataque español, por delante de la medular y formando triángulo con Bruno y Busquets. A menudo, caía también hacia el costado derecho, siempre buscando el balón y situándose entre el centro del campo y la defensa alemanas.

Ya en los primeros compases empezó a definirse como el enlace entre los mediocentros y los hombres de ataque, mostrando una gran variedad de recursos cada vez que recibía el cuero. Por si fuera poco, también era pieza clave en la presión, agobiando a los defensas y centrocampistas alemanes durante la elaboración del juego y sorprendiendo a sus jugadores más ofensivos, llegando como una bala desde atrás y recuperando balones en sus ataques estáticos.

Su papel fue ganando importancia con el paso de los minutos y su posición en el campo parecía cada vez menos definida. Estaba allí donde estaba el balón, bajando a recibir al mediocampo para colaborar en la creación, recibiendo el cuero entre líneas, conduciendo y dando el último pase, cayendo a ambas bandas, asociándose con sus compañeros al primer toque y en ocasiones, incluso finalizando jugadas con disparos desde media distancia. Se convirtió en la referencia para todo jugador español que recibiera la pelota cerca del centro del campo. Era la brújula y el reloj de la selección, dirigiendo el juego y marcando los tiempos del encuentro.

Formó buena pareja de baile junto a Nolito, muy activo el día de su debut, a quien intuyó varios desmarques de ruptura, contestados con pases al hueco medidos o paredes a la espalda del lateral. Tampoco perdió de vista a Morata, sin dejar de buscarle tanto por alto como por bajo y hasta con Azpilicueta formó asociación, cuando éste decidía sumarse al ataque.

Resultaba extraño apreciar la importancia de su presencia en el juego español, teniendo en cuenta que sólo está dando sus primeros pasos con la selección. Incluso fue el encargado de botar las jugadas a balón parado procedentes del costado derecho.

Los minutos en los que menos participó en el juego, producto del cansancio entendible tras el encomiable derroche físico, coincidieron con los momentos de bajón de la selección española. Minutos, que rápidamente hacía olvidar con un control orientado, con el que se deshacía de un defensor y montaba una contra, o con un regate de esos que hacen frotarse los ojos al espectador.

Apreciando sus cualidades futbolísticas no era de extrañar que Isco encajase fácilmente en el esquema de Del Bosque, pero lo de ayer sorprendió hasta a los más optimistas. El malagueño, volviendo a mostrar una gran personalidad, se erigió como el timón de #La Roja, llevando a buen puerto cada balón que acariciaba con sus botas.

Pero no siempre tal recital obtiene recompensa y el 0-1 reflejado en el electrónico viguense volvió a demostrar que a una campeona del mundo no se le gana así como así. A pesar de ello, existen mil y una razones para continuar siendo optimistas acerca del futuro de esta selección española. Y entre ellas, destaca un chaval de Benalmádena, que ayer por minutos pareció vestirse de Gene Kelly, bailando con el balón bajo la lluvia de Galicia.