El resultado del partido, un 3-2 a favor del París Saint Germain, no hizo honor a lo que presenciamos sobre el campo del Parque de los Príncipes de París. Con el resultado en la mano uno podría pensar que fue un partido igualado, un combate en igualdad de condiciones que se decidió por la mala suerte, el acierto del contrario o un mal día de demasiados jugadores. Sin embargo eso no es lo que vimos anoche sobre el césped.

La racha del equipo azulgrana a lo largo de lo que llevamos de temporada parecía indicar que era un equipo con algunos problemas en ataque, con un Messi ramplón y un Neymar que hacía lo que podía, pero con una defensa muy sólida capaz de encadenar seis partidos seguidos sin tener que recoger el balón de entre las mallas de la propia portería.

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Sin embargo nada más lejos de la realidad. Los seis partidos anteriores eran contra equipos de calidad, pero ni se acercaban a los niveles que exige la liga española si la reducimos a los cinco o seis grandes o la Liga de Campeones. El Barcelona había demostrado su poderío contra equipos que no podían servir de test exigente para un equipo que aspira a conquistar Europa.

En cuanto llegaron a las puertas de un equipo que realmente tiene algo que decir frente al Barcelona, el castillo de naipes se vino abajo. La defensa imbatible dejó de serlo. El muro de acero se tornó de pronto en gelatina y en nueve minutos se había acabado todo el halo de imbatibilidad de un equipo que pretendía llegar a todo. Un regate exitoso donde nunca debe tener éxito llevó a una falta donde no debe hacerse. La falta llevó a un centro que no debe llegar a tocar un jugador contrario que acabó en un control del balón dentro del área.

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El gol no solo fue lógico sino también merecido. A partir de ese punto las cosas cayeron por su propio peso y antes de darnos cuenta estábamos camino del descanso con dos goles para el PSG y con un solitario tanto de Messi que caminaba hacia el vestuario sabedor de que esto no iba por buen camino.

La segunda parte fue un intercambio de ataques en los que el Barcelona trataba de anotar lo poco que la defensa le permitía intentar mientras el PSG trataba de meter alguno de los balones que el Barcelona le facilitaba. El tercero del PSG cerraba la posible remontada que, aunque el gol de Neymar acercó, nunca estuvo del todo al alcance de un Barcelona que atacaba con desesperación sabedor de que si dejaba jugar al rival podía acabar volviendo a casa con un saco de goles.

Tras este partido vemos al Barcelona que realmente esperábamos al ver sus anteriores partidos. Un boxeador que deja demasiados huecos en su guardia y que, cuando se enfrenta a un púgil que es capaz de aprovecharlos, se encuentra con que no puede aguantar el intercambio de golpes. No todos pueden vivir de una pegada brutal, para eso hace falta un goleador capaz de volverse a casa con tres goles en cada partido. #FC Barcelona #Fútbol