La picaresca también existe en el deporte. Es parte del juego y normalmente suele ser para bien. Un jugador que saca rápido una falta para pillar desprevenida a la defensa en fútbol, un golpeo suave de la pelota para dejarla en tierra de nadie y que se pueda lograr una carrera en baseball o lanzar la pelota lejos cuando se acaba la posesión para tratar de hacer perder tiempo de posesión al equipo contrario en waterpolo.

Luego está la picaresca para mal, aquella que trata de disfrazar la realidad y pervertir el espíritu de honor que existe en el deporte, una actividad que no deja de ser un sustituto menos sangriento de la guerra y más en el caso de las selecciones.

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El caso más típico y uno de los más despreciables es el de la simulación de faltas, e incluso de agresiones, en un terreno de juego para tratar de provocar una expulsión y beneficiar al equipo que comete semejante tropelía. Otro de los más habituales es el clásico amaño de partidos para eliminar a determinados competidores o para mejorar un cruce posterior en el caso de las liguillas.

Este es, según parece, el caso de la selección de #Baloncesto de Australia, que hace unos días nos sorprendía al perder de manera sorprendente (valga la redundancia) contra Angola en un partido que muchos miraron con cierto escepticismo, pues ese resultado alejaba a Estados Unidos del camino de la selección oceánica hasta el choque de semifinales.

El choque de octavos contra Estados Unidos sería contra el segundos del grupo en el que participaba Australia, puesto que hubieran obtenido los jugadores de esta selección de no ser por esta extraña derrota contra una selección en principio muy inferior.

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Eslovenia, selección que acabó teniendo que enfrentarse a la todopoderosa Estados Unidos pidió que se investigara el partido que tantas dudas levantó.

En estos momento la FIBA ha decidido investigar el caso, aunque antes dará la oportunidad a la Federación de Australia de explicar que ha pasado antes de decidir ningún tipo de medida. Pero, salga Australia como inocente o como culpable de este trance, el baloncesto tiene una pequeña mancha más en su historia.