Que el ser humano es un ser pasional no es nada nuevo; que a veces pierde la paciencia ante provocaciones de muy mal gusto, tampoco; y que ese torrente catatónico excede en ocasiones los frágiles límites de lo civilizado, bueno, vayan ustedes a un campo de #Fútbol que lo entenderán mejor.

En este deporte de agilidad y virguerías, de choque y contacto, no han faltado esas manifestaciones de adrenalina desvariada que han terminado en agresión. Ejemplos tenemos a raudales, antiguos y más recientes: la pérfida entrada a tobillo de Goikoetxea a Maradona al inicio de la temporada 83-84 de nuestra Liga; el codazo "aquilino" de Tassoti a Luis Enrique en el Mundial de Estados Unidos de 1994; el salto de vendimiador de Totti sobre Ramelow durante un partido de Champions en 2004; o el famosísimo cabezazo de Zinedine Zidane a Materazzi en la final del Mundial de Alemania en 2006, que pasaría a ocupar un lugar privilegiado en los anales de la historia de las agresiones-provaciones futbolísticas, sólo superado por la desalmada patada voladora de De Jong a Xabi Alonso en otra final, esta vez la del Mundial de Sudáfrica de 2010, que para asombro y estupor de todos apenas fue sancionada con una insultante tarjeta amarilla.

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Más recientemente, hemos tenido las incongruentes agresiones de Pepe o los cómicos y esperpénticos mordiscos de Luis Suárez. Queda patente, pues, que esta violencia desbaratada aflora de vez en cuando a la superficie del terreno de juego, pero..., ¿sólo ahí? ¿Acaso estas impetuosas manifestaciones se aplacan al cruzar la frontera de las blancas y pacíficas líneas de banda y de fondo? Evidentemente, no. A esta adrenalina irrespetuosa y reincidente le encanta echar a volar y llegar hasta los... ¡oh, sorpresa, sagrados banquillos!

Y es que los afamados entrenadores tampoco son inmunes a esta vergüenza: a José Mourinho le bastaron tres años al frente del vestuario (y los despachos) del Real Madrid para hacerse con el balón de oro de la acometida más descarada: midió bien la distancia, se colocó en posición y ejecutó a la perfección el dedazo directo en ojo ajeno a Tito Vilanova ante el clamoroso y bochornoso silencio del presidente, Florentino Pérez, y ante la incompresión más absoluta de los aficionados al fútbol (un madridista incluido).

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Ahora (éramos pocos y parió la burra) se ha sumado al carro del abandono del sentido común, el respeto y la coherencia, el entrenador del Atlético de Madrid, Diego Pablo Simeone, quien ha cambiado el dedo por la colleja a mano abierta, que abarca más, oye. Le han bastado apenas 25 minutos de partido para dejarse él sólo en evidencia: el Cholo, descontento porque el árbitro no daba entrada a Juanfran, quien había tenido que ser atendido en la banda, comenzó su recital de incontinencia gestual y avasallamiento arbitral fuera, además, del área técnica, por lo que el cuarto árbitro le advirtió en varias ocasiones que cesara su actitud. Esto, lejos de calmarle, despertó a la fiera, que hizo caso omiso y decidió darle un correctivo a la insospechada víctima (quizás para que la próxima vez no se creyera tan importante, vaya usted a saber), aunque mejor no se lo cuento yo, se lo dice el colegiado David Fernández Borbalán: "se dirigió al cuarto árbitro golpeándolo con la mano abierta en la cabeza en dos ocasiones".

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Es en este momento cuando el árbitro decide expulsarle, y es en este momento también cuando el Cholo, una vez más, reacciona desafiante refugiándose en la grada en lugar de abandonar el campo, como debía conforme a una expulsión. Para más inri, retoma su afición por el movimiento convulsionado de extremidades y emisión de palabras de... desahogo -vamos a dejarlo ahí-, arengando a la masa de aficionados a una protesta multitudinaria en una actitud que no dista mucho de la de un vulgar cacique.

Lo más increíble de todo esto es que algunos medios han pasado de soslayo por este inoportuno incidente, evitando toda crítica al creador del juego del Atlético y laureando ese estilo de equipo de carácter bravo que a fuerza de trabajo y compromiso ha llegado a lo más alto: el estilo de la presión, el estilo del contraataque, el estilo del choque, el estilo del Cholo... Me pongo a temblar. Aunque quizás esté exagerando y sólo necesite una colleja.