Gino Bartali, es conocido como uno de los grandes ciclistas de la historia de este deporte y también, por pertenecer a una red secreta que ayudó a judíos a escapar de las garras de los nazis a pesar de su cercanía con Benito Mussolini.

El florentino vistió tres veces el mallot rosa del campeón del Giro de Italia. El primero lo consiguió en 1936 con apenas 22 años, y el año siguiente quiso retirarse por la muerte de su hermano Guilio, con quien compartía la misma afición, pero finalmente decidió montarse enciama de una bicicleta y se adueñó de la competición creada por el diario La Gazzetta dello Sport.

Mussolini hizo que Bartali renunciara al Giro para concentrarse en el Tour de Francia, en 1938. Y dicho y hecho. El italiano se hizo con el mallot amarillo tras una carrera que hizo historia en el #Ciclismo y lo consagró a lo más alto. Dejó una gran marca para el recuerdo, puesto que 15 minutos le separaban del segundo en el campeonato francés.

Sin embargo, tras su gran victoria en el país vecino, su imagen quedó totalmente relacionada con el régimen italiano. Una imagen que a partir del 2003 se rompió en añicos, cuando los hijos de Gregorio Nissim, líder de la red secreta que ayudó a los judíos, hicieron público el diario de su padre en el que se contaba el funcionamiento de la organización.

Bartali, quien era extremadamente católico, fue miembro de esta sociedad clandestina fundada por la Unión de las Comunidades Israelíes. Varios arzobispos creaban pasaportes falsos en abadías y conventos para que los judíos pudieran huir del país. El ciclista era el encargado de llevar dichos documentos fuera del país, mediante su bicicleta. Todos los papeles eran transportados dentro de su montura. Y en otras ocasiones guiaba a los fugitivos caminos seguros por donde escapar.

Al final, debió de salvar unas 800 vidas, jugándose casi a diario su vida. Aunque cuentan que si algún policía le paraba, el florentino decía que estaba entrenando. Obviamente, ningún agente de seguridad se atrevió a llevarle la contraria, puesto que era idolatrado hasta por el mismísimo Duche. Únicamente le pedían un autógrafo.