Ahora que los focos del Mundial de Brasil se han apagado para la mejor selección española de todos los tiempos y, probablemente, el pitido final del árbitro en el partido contra Australia haya sonado como el timbre de un instituto en el último día de clase, con estampida de los alumnos incluida, merece la pena echar la vista atrás y volver a los orígenes, al lugar donde empezó todo.

Situamos la narración en el mes de abril del año 1999 en Nigeria, el país más poblado de África con más de 165 millones de habitantes y una creciente economía basada en sus grandes reservas de petróleo y gas natural que, por estar en manos de capital extranjero, provocan unas fuertes desigualdades sociales con un amplio espectro de la población viviendo con menos de un dólar al día.

Anuncios
Anuncios

En ese país aterrizó la selección española para disputar el Mundial de fútbol Sub-20 allá por el mes de abril del año 1999, con la maleta cargada de ilusión por hacer algo grande, impregnados de la amistad y el buen rollo que compartía todo el grupo y embadurnados de miles de besos protectores lanzados por las madres de los jugadores, más preocupadas por su seguridad que por ganar un trofeo por el que nadie había apostado un mísero dólar. Entre los jóvenes integrantes de aquel grupo se encontraban Gabri, Xavi Hernández, Iker Casillas, Carlos Marchena, Pablo Orbáiz, Barkero, Pablo Couñago, Dani Aranzubia o David Aganzo, por citar algunos.

Pese a los problemas de infraestructura del país, que había hecho que la Federación española redujera la expedición a los integrantes imprescindibles, las malas comunicaciones, que impedían a los muchachos desahogarse con sus familiares y amigos de España, y al fuerte calor que les recibió pese a estar en el mes de abril, la estancia en Calabar, una pequeña localidad al sudeste del país, fue agradable.

Anuncios

Existía una gran cordialidad y camaradería entre todos los integrantes de la expedición. Los entrenamientos eran amenos, las charlas de Sáez eran muy educativas y poco a poco se erigió en el mentor de un colectivo repleto de talento, juventud, osadía y felicidad. El preparador físico Carlos Lorenzana le secundaba como aliado de los jugadores.

En definitiva un grupo unido, una familia bien avenida, un colectivo sin resquicios, pero con las ambiciones cercenadas por los innumerables fracasos con que está rebozada la historia del fútbol español. Hasta entonces, sólo dos éxitos coloreaban el álbum de los recuerdos: la Eurocopa de 1964 y los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. Poco bagaje para tanto talento y pasión.

Y llegó el primer partido de la competición. 5 abril de 1999. Estadio U. J. Esuene de Calabar. El rival, la Brasil de Ronaldinho, Matuzalem o Junior Baiano. España salda el envite con pulcritud y autoridad, dos goles de Gabri en la primera mitad y el resto del partido a dominar el esférico y el cronómetro.

Anuncios

En el viaje de regreso al hotel se respira otro aroma en la expedición. Los jugadores se muestran eufóricos y notan bullir en su interior la ambición desmedida, esa sensación de no saber dónde está el final del trayecto, de dirigirse a un mundo repleto de posibilidades que a algunos puede ahogar y a otros les da alas. El grupo repleto de ilusión y felicidad, de repente se da cuenta que atesoran talento de sobra para hacer algo grande y así es como se despiden del pasado para encarar una senda del triunfo inexplorada por la mayoría de las selecciones españolas anteriores. Pero esa misma noche el faro de la selección, Iñaki Sáez, recibe un latigazo seco y profundo que deja una huella imborrable en su piel. Su madre fallece de manera repentina. Él piensa que el mejor homenaje que le puede hacer es seguir luchando al frente de aquel equipo. Y los muchachos, la mayoría de los cuales no alcanzan los 20 años y, por lo tanto, mantienen un gran apego por sus madres, notan el dolor de la pérdida de igual manera que ven refulgir con mayor intensidad si cabe una luz que saben, ahora con certeza, que ni el soplido de la muerte podrá hacer que se la apaguen. Este hecho dota a Sáez de una ascendencia sobre el grupo que será clave en el futuro. Todos creen en él y él cree en todos ellos.

El Mundial sigue con un empate a cero goles con Zambia, en un partido marcado por el fuerte calor imperante, y una clara victoria ante Honduras por 3-1 que clasifica a España como primera de grupo y la enfrenta a Estados Unidos en los octavos de final. Por aquellas fechas, la expedición se ha trasladado a Port Harcourt, donde pese a que las condiciones de vida empeoran un poco, el trato local es fabuloso dado que el dueño del hotel había vivido unos años en España y ponía especial énfasis en atender a todo aquel que hablara nuestro idioma. El partido se resuelve de forma cómoda para España pues a los 32 minutos ya gana por 3 a 0. Sin embargo, la lógica relajación permite a los americanos anotar dos goles en el segundo tiempo. Iñaki Sáez aprovecha esta circunstancia para trasladar una nueva lección a sus pupilos: o luchamos todo el partido o nos vamos a casa el día menos pensado. El grupo no quiere irse, así que no queda otra que apretar los dientes.

Pero el futuro luminoso que intuían los futbolistas sufre un apagón repentino el día que se trasladan a Kaduma para afrontar los cuartos de final. El hotel elegido por la Fifa se encuentra en mitad de la nada, con lagartos de tamaño descomunal que campan a sus anchas tanto por la piscina como por las habitaciones, con una comida cocinada por el enemigo, unas comunicaciones que viran de la dificultad a la nulidad, y lo más duro, el encontronazo de un grupo de chicos imberbes de apenas 20 años procedentes de la acomodada Europa donde un simple lamparón en la camiseta es síntoma de pobreza con la despiadada realidad africana. Allí, en Kaduma, todo es diferente, los niños se acercan a los jugadores igual que aquí, pero no piden un autógrafo, piden que se los lleven a su país y las botellas de agua vacías después del entrenamiento no son objetos fetiche para divertirse sino productos que se pueden vender para comer. ¿Y la comida de esos niños? Pan endurecido mojado con agua.

Esa realidad hace mella en el grupo, no encuentran sentido a todo eso, añoran el confort de su hogar, maldicen su fortuna y reducen la importancia de un triunfo deportivo a la mera trivialidad frente a los problemas de aquella gente. En el hotel de concentración, con los corazones atenazados por las incomodidades y la boca cosida por lo que han visto en aquel lugar, los jugadores le plantean al cuerpo técnico la conveniencia de abandonar la competición. Entonces emergen con fuerza las figuras de Iñaki Sáez y Carlos Lorenzana.

De pie, ante los desalentados chicos, con la voz firme y las ideas muy claras, les hablan a los ojos desde el corazón, les hacen sentirse favoritos como nadie lo hizo nunca y les encomiendan la inmensa tarea no sólo de permanecer en el torneo, sino de ganarlo. Porque pueden hacerlo, porque son muy buenos y porque en aquellos momentos acaba de salir la sentencia Bosman y el futuro del fútbol cambia por completo, sobre todo para los jóvenes. Los futbolistas españoles comprenden que a sus 20 años deben empezar a trabajarse su porvenir, que nadie les va a regalar nada y qué mejor escaparate que un Mundial.

A la mañana siguiente, el muro infranqueable de los cuartos de final se dibuja con el mapa de Ghana. El típico equipo africano: duro y sin florituras en su juego. El partido termina 1-1 y la prórroga tampoco aclara el futuro, así que todos miran hacia el punto de penalti sin darse cuenta que el mañana lo escribirán bajo los tres palos. Iker Casillas había sido designado por Sáez para jugar ese partido como una premonición del chamán del grupo y con su actuación en la tanda de penaltis permitió a España derrotar a Ghana, desterrar los fantasmas de los cuartos de final y contener los miedos juveniles que les habían invitado a abandonar.

La victoria por 3-1 en las semifinales contra la Mali de Seydou Keita (elegido mejor jugador del torneo) confirmó las expectativas creadas y la final frente a Japón no dejó lugar a ninguna duda de la valía de aquel equipo. Un 4-0 inapelable. Tan contundente como el golpe de mazo del juez. Fin de la vista, ejecútese la sentencia. Aquel mundial fue algo más que una competición para los integrantes de la selección, fue una semilla de futuro que nadie esperaba que se convirtiera en lo que luego fue, pero quienes, con el paso del tiempo, saborearon sus frutos más dulces saben que fue plantada y germinó en tierras africanas, que se abonó con sacrificio y espíritu de lucha y que fue regada con ánimo de superación. Por eso, ahora que la planta muestra síntomas de debilidad por el paso del tiempo, conviene echar la vista atrás y rememorar aquel grupo de amigos que, liderados por un viejo astuto llamado Iñaki Sáez, una vez fueron campeones del mundo de fútbol.