Decir que lo ocurrido ayer en el Estadio de Gran Canarias es culpa de la afición amarilla es faltar a la verdad, porque de los 32.000 espectadores que se encontraban disfrutando del partido, tan sólo unos centenares fueron los encargados de chafar cualquier esperanza amarilla de ascender a la Primera División de la Liga Española de Fútbol.



Que un equipo de fútbol pierda un ascenso en el minuto 92 de partido es totalmente injusto, pero si además lo hace después de un parón del encuentro porque muchos aficionados saltaron al campo antes del pitido final, la injusticia es aún mayor. Como bien decía mi abuela, "hasta que no se acabe de freír no se sabe el aceite que queda", y en el fútbol es así.



Poco se le puede achacar a los jugadores de la Unión Deportiva, que hicieron el partido que tenían que hacer, adelantándose en el marcador gracias a un gol de Apoño, y aguantando hasta el final un resultado que hubieran firmado antes de saltar al campo.

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Sin embargo, el tiempo de prolongación los condenó a una Segunda División que les ha acogido durante los últimos doce años.



Lo más preocupante de lo ocurrido ayer es, por un lado, la poca seguridad que había en Estadio Insular, y por otro lado, la inoperancia de las Fuerzas del Orden que allí se encontraban. Según declaraciones de Miguel Ángel Ramirez, Presidente de la entidad grancaria, el club contrató a 100 vigilantes a Seguridad Integral Canaria, y el resto del operativo correspondía a los Cuerpos de Seguridad del Estado. Lo cierto es que lo que pudimos ver fue que el dispositivo llevado a cabo fue mucho menor que él nos encontramos en el partido que enfrentó a la Unión Deportiva Las Palmas y al Club Deportivo Tenerife, y eso que la afición tinerfeñísta no se caracteriza precisamente por su violencia, ni mucho menos, desplegó un comportamiento ejemplar.

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Así las cosas, este grupo de "macarras" no sólo se encargaron de parar el partido a falta de minuto y medio para el final, sino que una vez reanudado - con toque de atención al Presidente por parte del árbitro incluido, algo inaudito en el fútbol profesional -, comenzó su particular obra teatral.



Nada más pitar el árbitro para que se reanudara el encuentro, el equipo andaluz colgó un balón al área amarilla, y todo lo que pudo salir mal, salió mal. Hasta el punto que Mariano Barbosa, uno de los mejores porteros de la categoría y que no había fallado prácticamente en todo el partido, cometió un error fruto de la desconcentración, que puso el 1-1 en el marcador y al Córdoba en Primera División.



Es espectáculo que se vivió después fue dantesco, hasta el punto de que el colegiado tuvo que salir arropado por las Fuerzas del Orden, y algunos jugadores del Córdoba fueron incluso agredidos por estos mal llamados aficionados. Los jugadores de uno y otro equipo tuvieron que abandonar el campo, y la seguridad del estadio se vio desbordada.

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Lo cierto es que se preocuparon más de que no bajara más gente al campo, que de parar las fechorías que llevaban a cabo los "revelados". Robaron petos y neveras del equipo rival, arrojaron objetos desde el campo a la grada... Incluso, y uno de los hechos más preocupantes, arrancaron los banderines de corner y los lanzaron a la grada, con el correspondiente peligro generado. Desde la grada se les increpó por parte del resto de la afición, y el club tuvo que habilitar una salida de emergencia para que estos rebeldes abandonaran el campo.



Cabe destacar que la "caradura" de estos impresentables no tiene límite, puesto que después de cometer esta barbaridad, muchos tuvieron la poca vergüenza de acercarse a los jugadores amarillos a pedirles su camiseta.



Espero que Miguel Ángel Rodríguez y su equipo depuren responsabilidades. En primer lugar porque no creo que el Jefe de Seguridad obrara de manera adecuada, principalmente porque no se puede permitir que los vigilantes del estadio permitan que se retiren las vallas publicitarias para que los aficionados saltaran al campo, no hicieron absolutamente nada para impedirlo.



Segundo porque éste era un partido de alto riesgo, y según comentaban varios aficionados, la seguridad era tan escasa que incluso los aficionados podían saltar de grada en grada con total libertad.



Tercero porque hay que identificar a estos energúmenos, y prohibirles la entrada al Estadio Insular durante el resto de su vida. Se argumenta que es mucho "chiquillerío", pero allí pudimos ver a gente de una edad más avanzada y que también hizo de las suyas.



Y cuarto y último, porque la imagen que se ha dado de Canarias a nivel nacional ha sido penosa, porque muchos medios no han matizado, e incluso muchos de ellos, han llamado a estos fachas "afición canaria", cuando dudo que sea lo primero, y aborrezco que sean lo segundo.