Quien haya estado enamorado, sabrá que el #Amor lleva asociadas algunas sensaciones ligeramente desagradables, como falta de apetito y los altibajos hormonales. Además, son comunes el enrojecimiento facial, los temblores y las palpitaciones cuando se acerca la persona amada. Todas estas sensaciones son "síntomas" típicos del enamoramiento, sobre todo en las primeras fases de una relación. Sin embargo, cuando con el tiempo se intensifican y se convierten en un estado generalizado de locura, hablamos de #limerencia. Esta condición es lo que a menudo llamamos "la enfermedad del amor" y hace referencia a aquello que expresamos con la frase “perder la cabeza por amor”.

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La limerencia puede afectar a cualquier persona y aparece de una forma involuntaria e imprevisible. La persona amada acapara todos los pensamientos del limerente que, constantemente, reproduce mentalmente cada encuentro con ella. Siente un anhelo intenso por obtener reciprocidad emocional, es decir, por lograr que su amor sea correspondido. Con ello, es extremadamente sensible ante cualquier "señal reveladora". Así, cualquier pequeño gesto puede ser interpretado como una señal de reciprocidad o rechazo, provocando una intensa alegría o extrema desesperación, respectivamente.

En la limerencia la otra persona es idealizada. Ello provoca una inseguridad extrema, tartamudeo, nerviosismo, confusión, miedo al rechazo y, en el caso de que éste exista, idea de suicidio.

Los limerentes son invadidos por ideas o imágenes desagradables en las que ven a la persona amada rechazándolos, aunque también surgen fantasías reconfortantes en las que dicha persona les ama con mucha intensidad.

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Además elaboran mentalmente estrategias disparatadas para llamar la atención del ser amado. Sin duda, en la limerencia la expresión “perder la cabeza por amor” cobra sentido.

¿Limerencia o amor?

Es difícil diferenciar entre limerencia y enamoramiento, puesto que los síntomas son similares. Cuando se empieza una relación amorosa se experimentan intensos sentimientos y reacciones como deseo romántico intenso o fascinación por la otra persona, pero tienden a moderarse con el paso del tiempo dando lugar a una relación más íntima y estable.

Si ese anhelo o fijación inicial no es correspondido o saciado a satisfacción del enamorado, puede convertirse en limerencia. Precisamente, esa falta de correspondencia es lo que tiene el potencial de desencadenar la obsesión por poseer a la otra persona a cualquier precio y por encima del amor en sí. Ese objetivo se convierte en la única razón de vivir del limerente y los sentimientos y reacciones típicas de las primeras fases de una relación no disminuyen, sino que cada vez son más intensos.

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Curiosamente, esa intensidad aumenta conforme la relación se hace más complicada y distante.

Así, la limerencia tiene consecuencias parecidas a la drogodependencia: es tóxica y, cuando el ser amado no está, surge algo similar al síndrome de abstinencia. Con ello llegan las palpitaciones, sensaciones de ahogo, sudoración, malestar en el pecho, etc. Además, las dificultades para controlar los pensamientos, sentimientos y comportamientos son cada vez más evidentes. Todo ello puede durar años y suele terminar mal, con daño hacia la propia persona o a la persona amada.

En efecto, a diferencia del amor, la limerencia es destructiva, pero, ¿a quién le han enseñado a amar con medida? Sólo la experiencia nos permite conocernos a nosotros mismos, comprobar qué tipo de relación nos beneficia o nos perjudica y, en definitiva, elegir cómo queremos amar.