Más familiar y no por ello menos importante. En verdad se establece desde dos prismas distintos: uno, el animal, el de la propia vida, el de la evolución de las especies; otro, el del individuo, el de la constitución del propio yo, de la personalidad, de la conducta.

Me referiré al segundo. Se dice que puede establecerse un paralelismo entre el bebé humano y el del chimpancé, al menos en una etapa inicial, hasta aproximadamente los dos años de edad. Hasta entonces presentan una evolución bastante similar. A partir de aquí el humano va desplegando aptitudes, evidentemente, evolutivamente diferentes, decantadas a favor de la criatura humana.

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En relación a la reciente noticia publicada en la agencia Rt sobre la conquista de la muerte y el nuevo concepto para resucitar personas, es conveniente tener en cuenta las siguientes consideraciones.

Aún cuando la evolución, en sentido global es considerada como un avance en cuanto a la complejidad de la vida y con ello un "desarrollo positivo", ello no implica que en ciertas ocasiones (minoritarias) se perciban aspectos que podrían definirse como "retrocesos" en esa supuesta línea de progreso.

Pues, ocurre lo mismo en relación a aquella evolución "individual" de "afianzamiento" de la personalidad, de construcción del yo y con ello del comportamiento.

Podríamos decir, en tal sentido, que el mismo hombre (entre una variedad de especies) se desarrolla "in crescendo" al máximo de sus potencialidades de la edad adulta, a partir de la cual se inicia un descenso en sus facultades, hasta el mismo momento de su óbito.

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(Regla general que, evidentemente, tiene sus excepciones, por poco tiempo, y en algunos individuos).

El dilema que expongo a continuación se refiere en particular, al misterioso episodio de la muerte. Cierto que el hombre "sucumbe", "desaparece" para el común de los humanos a partir de tal momento, mas existe otra cuestión para ese hombre (para sí mismo) más fundamental, más desconocida y para él mucho más trascendente: ¿El espíritu o el yo que le animaba, que sentía como propio "desaparece" en ese instante, o la muerte es, simplemente, el efecto de la "desconexión" con el entorno?

En obras tan populares y ya clásicas como "Vida después de la vida", se describen las impresiones de aquellos moribundos que estando al borde de la muerte parecen volver de nuevo a la vida. Es conocido que hay un cierto consenso en cuanto a lo percibido: "entrada en un túnel", "visiones del hombre de luz", "revisión acelerada de los episodios vitales", y un largo etcétera, que no es objeto de este artículo.

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En un principio, tales sensaciones parecerían relacionarse más con ese efecto de desconexión aludido, ahora bien, esas sensaciones e impresiones corresponden a una una persona "moribunda", es decir, "aún no muerta", con la particularidad que ninguna de ellas ha "traspasado" la barrera de la muerte, pues, por definición, ésta no tiene "vuelta atrás". Por otra parte, la sensibilidad que indican tales impresiones, significan una cierta "conservación" del yo -unicidad- en tales instantes, no una descomposición, no una "disgregación".

Me atrevo a decir, entonces, que aquella senda o declive de facultades, expuesta anteriormente, desde la edad adulta hasta el óbito, no parece suponer una desaparición de su "espíritu" o su propio yo (el sí-mismo) en la muerte, sino, más bien, una "desconexión" con el entorno, la segunda posibilidad antedicha.

El desarrollo evolutivo "personal" sería, desde tal punto de vista, asimétrico: ¡desde la "nada" del nacimiento hacia la "plenitud" adulta, pero desde la plenitud no hacia una "nada" en la muerte!...

"... Así, desde lo alto de la sala del hospital donde se encuentra, aquel moribundo puede decir: ¿A quien pertenece el cuerpo al que mis familiares arropan, si yo me encuentro aquí, y me siento aquí?..." #Eutanasia #Cultura Madrid #Calidad de vida