En la primera parte, dejamos patente la fascinación mostrada por el psiquiatra suizo Carl G. Jung hacia el mundo del espiritismo y lo paranormal. Sin embargo, la alquimia fue su gran hallazgo. Para él, supuso el puente que conectaba el antiguo gnosticismo y la moderna psicología del inconsciente. El mundo simbólico alquímico se desplegó ante Jung como una auténtica revelación, gracias al cual pudo dotar a su psicología de una base histórica rica de sentido. "Muy pronto vi que la psicología analítica concordaba notablemente con la alquimia. Las experiencias de los alquimistas eran mis experiencias y su mundo, en cierto sentido, el mío. Esto naturalmente constituyó un descubrimiento ideal para mí, pues con ello había hallado el equivalente histórico a mi psicología del inconsciente", afirmó.

Anuncios
Anuncios

Para conocer a fondo la enorme influencia que ejerció en su persona la alquimia, y su correlación con la religión y la psicología, hemos de leer ciertas obras suyas esenciales como Psicología y alquimia (1944) y Paracelsica (1952). Aunque su obra cumbre en este terreno, con la que Jung concluyó sus investigaciones, fue Mysterium Coniunctionis (1955-56), complejísimo compendio de textos que tardaron en elaborarse diez años. Hoy podemos gozar de una magnífica y completa edición en castellano gracias a la prestigiosa editorial Trotta, que ha sacado a la luz la Obra Completa de Jung.     

El padre de la teoría del inconsciente colectivo comenzó a interesarse por la alquimia en 1928, tras una serie de sueños muy significativos a nivel simbólico y que, de alguna manera, anticipaban su encuentro con el mundo alquímico.

Anuncios

En dichos sueños, se veía penetrando en una estancia donde había una extraordinaria biblioteca de los siglos XVI y XVII. "Volúmenes grandes en folios, encuadernados en cuero de cerdo se erguían a lo largo de las paredes. Entre ellos había un número de libros adornados con grabado de cobre de carácter extraño, e ilustraciones que contenían símbolos curiosos como nunca antes había visto. En ese momento no sabía a qué se referían; sólo mucho más tarde los reconocí como símbolos alquímicos", relató en su autobiografía Recuerdos, sueños, pensamientos (1961). Poco después, estas visiones oníricas tendrían su eco en el mundo real, ya que Jung se convirtió en un entusiasta coleccionista de antiguas obras alquímicas, tras haber recibido por parte de Richard Wilhelm un tratado chino de alquimia denominado El secreto de la flor dorada, cuya tradición oral se remonta al siglo XIII y su primera impresión al siglo XVIII. Su sorpresa fue enorme y devoró el manuscrito de inmediato. "Estoy condenado a estudiar toda la alquimia desde el principio", manifestó.

Anuncios

Tardó en concluir su extensa biblioteca, semejante a la que veía en sueños, quince años. Entre los 200 ejemplares antiguos que cosechó, destacan Artis Auriferae (1593), Theatrum Chemicum (1602), Mutus Liber (1677) y Musaeum Hermeticum (1678), todos ilustrados con bellos e inspiradores grabados alquimistas.    

Según Jung, la transmutación alquímica no se refería literalmente a un proceso material —convertir metales viles en nobles, como el plomo en oro—, sino a un arduo proceso de transformación de la psique. Los alquimistas proyectaban en sus experimentos con la materia sus propios cambios internos. En realidad, era un trabajo de evolución espiritual. En el proceso alquímico está, pues, representado el proceso de individuación, que tiene como meta la plena realización del hombre (el Sí-mismo).

(Continuará) #Investigación científica