Todo el mundo sabe en general qué es un virus, aunque sólo sea por los estragos que los más conocidos causan en los humanos. Se trata de organismos no celulares que sólo pueden reproducirse dentro de una célula viva. El bioquímico Andrew Scott los llamó “piratas de la célula” en un libro de divulgación muy popular. Otras definiciones los describen como entidades biológicas microscópicas dependientes de células vivas para su replicación.

Esta dependencia los convierte en verdaderos parásitos intracelulares. Se componen de una envoltura proteica llamada cápside y de un genoma, que puede ser de ADN o de ARN. Pueden infectar células de todo tipo, bacterianas o eucarióticas.

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La lista de virus biológicos no tiene nada que envidiar a la de virus informáticos. Además, y como en la informática, hoy se sabe que los virus pueden infectar a otros virus. La infección por un virus orgánico puede desembocar en la muerte celular, como la causada por uno informático puede concluir con la “muerte” del disco duro.

Pero no siempre ocurre así. En muchos casos, el genoma vírico puede fundar una coexistencia estable, ensamblado con el genoma de la célula hospedadora. Por ello, los virus se erigen en formidables agentes evolutivos. Los humanos somos entes simbióticos con los muy diversos microbios que conforman en parte nuestro organismo, pero además siempre hemos sido objeto de deseo de los virus: éstos se han solazado durante millones de años inyectando sus genomas en nuestras células, quizá incluso antes de que fuéramos lo que hoy llamamos Homo sapiens.

Los virus son ubicuos. Los virólogos saben que no sólo en tierra, sino en los océanos, la diversidad viral es enorme.

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Puede haber más virus que células vivas de todas las especies conocidas en los océanos, y más que en todos los demás ambientes del planeta. Prácticamente todas las formas de vida marinas están infectadas por virus, desde las bacterias hasta las ballenas azules, recuerda la Enciplopedia de la Biodiversidad (2013).

La ecología, la evolución y la salud de los seres vivos marinos se encuentran todas bajo la influencia de virus, muchos (acaso la mayoría) aún por describirse. Pero no sólo la salud de los océanos se ve afectada por los piratas celulares, sino también la de los animales y plantas terrestres. Los océanos son inmensos reservorios víricos.

No podemos obviar por ello mismo que los ecosistemas marinos de hoy son como un banco de pruebas incontrolable para posibles enfermedades, que aquí con todo el rigor sí que podrían llamarse “emergentes”. Así, en aguas de la bahía de Hong Kong se han aislado virus de hepatitis A humana (HAV), y muchos virus entéricos se extraen del medio marino costero.

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Pero también existen poblaciones víricas asociadas a bacterias incluso en aguas profundas, por debajo de los 1000 metros, como se ha podido comprobar en el Mediterráneo oriental.

Esta visión de los mares como una “caja de Pandora” puede parecer alarmista. Pero tiene un interés mayúsculo en una época en que usamos las cuencas oceánicas como auténticos vertederos de basura orgánica, de plástico, de contaminantes químicos, radiactivos, y cómo no, de desechos biosanitarios.