Como conocedor de la problemática de Barcelona en su dimensión actual, desde que el alcalde socialista Joan Clos decidiera que la ciudad debía volcarse hacía el turismo, se ve que hace falta replantearse muchos detalles de todo esto.

Ya hablé hace meses en este diario de que los vecinos de la Barceloneta y otros barrios importantes de la ciudad estallaron de rabia ante el descontrol sobre los “pisos turísticos”, montando durante semanas manifestaciones casi diarias.

Muchas veces, al venir a la ciudad, me encuentro con que por las Rambles no se puede circular con una cierta tranquilidad, la cantidad enorme de gente es agobiante, incluso de madrugada hay un cierto número importante de personas. Alguna vez he tenido que irme a los barrios más alejados del centro, y una vez, en La Verneda, recuerdo cómo me senté en un banco, en plena noche, e incluso me tumbé unos minutos en él, como si fuera a dormir. El tráfico casi inexistente a esa hora me animó a ello.

Pero he leído las diferencias de opinión entre Ada Colau y Xavier Trías sobre la Barcelona que quieren. Puedo estar de acuerdo con ella en que tampoco necesita la ciudad acontecimientos así para atraer gente, tiene atractivos por sí misma mundialmente famosos para atraerla, no sólo a los turistas que vienen en verano, sino a gente interesada por la oferta cultural barcelonesa. Oferta cultural brillante, quiero decir sus teatros, sus salas de fiestas, sus music-halls… Barcelona siempre los ha tenido, aunque claro, adaptados a los gustos actuales.

Lo que no se puede permitir Barcelona es perder atractivo mundial, pues tenemos los ejemplos de ciudades como Paris, que es aún más turística que Barcelona, lo pude comprobar cuando la visité en 2003, pero supo organizar aquello de manera que sus habitantes no se sientan agobiados ante tanto turista de fuera. Paris sigue siendo una ciudad con identidad propia, que jamás ha perdido, y que se nota en cada rincón que visitas, incluso en sus barrios más pobres y alejados.

Barcelona tiene que seguir teniendo su propia personalidad, pues ahí la cosa falla, detecto en varias zonas que se han diseñado más a gusto de los turistas que la ciudad que viven sus propios habitantes. Los Juegos Olímpicos de 1992, extraordinarios en su organización y ejecución, modernizaron la ciudad, que lo necesitaba, sacándola del gris casi general a la ciudad multicolor de hoy. Y luego eso se confirmó con la reforma final de la Avinguda Diagonal, que por fin llegaba al mar, como se proyectó en los planos de Ildefons Cerdà.

Cualquier zona de Barcelona tiene que ser para cualquiera, sea barcelonés, catalán, español o extranjero, si reside allí o está de paso. Es una obviedad, pero hay que evitar crear guetos, nada de zonas para sólo gente local. Eso gusta más a partidos políticos racistas como PxC o sus “maestros” de la extrema derecha europea. Barcelona siempre ha sido cosmopolita, como Paris, y nunca lo ha querido perder.

El nuevo alcalde no tendrá mayoría absoluta, nadie la ha tenido en Barcelona desde 1979, siempre muchos partidos en el Ajuntament, que obliga a pactos y coaliciones, puntuales o permanentes. Veremos qué pasa con ese problema turístico, pues en cuatro meses ya llegan los millones de turistas de cada año. Yo también vengo como turista, pero si es de noche, no hago ruido, yo también quiero dormir.  #Política Barcelona